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Stop chasing shadows just enjoy the ride.


Me despierto por la mañana con el regusto que te dejan las promesas incumplidas. El aliento me huele a corazón roto y aunque me cepillo los dientes tres veces, no se va. Hoy he soñado con increíbles lagos de zumo de arándanos, con fresas bañadas en nata, con pastelillos de limón y un castillo tan grande que podrías perderte en él y que no te encontraran jamás. Pero siempre había alguien a mi lado. No podía verle la cara, pero en mi sueño se arriesgaba para salvarme. Plantaba cara a los cocineros, que no estaban muy de acuerdo con que hurtáramos la comida del banquete, con los guardias, que decían que la sala del trono era solo para el rey, con los granujas que nos seguían para meterse debajo de mi falda, porque no le parecía correcto que anduvieran husmeando entre mis piernas. Peleó con todos y cada uno de ellos y solo para mí. Lástima que no llegase a descubrir quién era. En cualquier caso, no me he despertado con el sabor que dejan las fresas en la boca, o incluso la nata. Me he quedado con la esencia de un beso robado que jamás fue devuelto, o de todos esos que se quedaron sin dar. Con el de las promesas cuando fallan y las lágrimas saladas que llegan a la comisura de los labios.

las brujas no existen.



Nadie sabe cómo se llama ni de dónde ha salido. Tampoco tienen ni idea de cómo un ser humano es capaz de saberse tantos trucos de magia diferentes, pero todos disfrutan con sus números. No entienden como una criatura tan pequeña ha podido domar a un león hasta hacerlo su mejor amigo y mayor protector, pero no hacen preguntas. No explicarse la sabiduría que rezuman sus ojos y el hecho de que jamás la han visto durmiendo, pero actúan pueden como si no lo hubieran notado. Todo el mundo tiene la extraña sensación de que hay una bruja entre las calles de su adorable pueblo, pero Wellow nunca ha sido demasiado creyente ni tampoco amigo de la Inquisición. Además, la pequeña Brielle no hacía daño a nadie y entretenía a los niños antes de ir a dormir. (Aún así los cazadores dejaban cargadas sus armas por si era necesario disparar).
Lo que ellos no sabían era que Brielle se iría en cuanto hubiese conseguido lo que quería. Tampoco que dejaría una estela de corazones rotos y un ejército entero de devotos a Satán a su paso. Puede que, a fin de cuentas, a los habitantes de Wellow les hubiera ido mejor de haber creído en brujas.

muévete a la iz... derecha está bien.


Esta bailarina se me resiste.
Escribo sobre el teclado que sus piernas la llevan hacia la derecha, pero sus movimientos se deshacen hacia la izquierda. Le digo salta y se tumba, le digo grita y susurra. Que inapropiado para una señorita gritar en la cama como si estuviera viendo al diablo y susurrar seductoramente en un atraco al banco. Ni frente a una erupción de volcán se desgañitaría. No, si yo le pido lo contrario. ¿Y si le hiciera susurrar en vez de pedir socorro y viceversa? Tampoco serviría. La señorita Dubois es inteligente. Cabe decir que cuando la fabriqué, no lo hice pensando en que se volvería contra mí. Pero, ¿qué puedo hacer si se arranca el tutú a mordiscos y me pide a gritos un billete para recorrer el mundo entero? Le gusta viajar y no bailar. Pero yo la hice para brillar en los escenarios. O tal vez, la hice a mi semejanza: un poco zorra, con la habilidad de parecer más estúpida de lo que en realidad era, llena de monstruos que no la dejan dormir y con unas ansias enormes de saber (y de hacerse saber).

Silencios de blanca y tiempos de negra.



Siente el latido de la música por todo su cuerpo. La hace vibrar. La llena de una energía extraña, un corriente eléctrico que la impulsa a moverse. Y se libera a ese sentimiento.
La magia del sonido la invade y ella permite que la controle. Sus brazos y sus piernas se sincronizan a la perfección con el ritmo. Se sirve de tiempos de negra para desplazarse por todo el escenario, mientras su cuerpo se mueve de manera sinuosa, recordando a olas de mar. Aunque ella es más que eso. Es igual de refrescante pero más dinámica. El mar atrae y encandila, llama con su oleaje suave e hipnotiza. Ella llama pero no traiciona. No te ahoga en cuanto has caído en sus fauces y si te despistas lo peor que puede pasarte es que el beso te lo de pequeño o en mal lugar.
Dinamita era la peor de las tres porque su trastorno venía de carencia importante de amor. Tanto, que había dejado de quererse a sí misma. ¿Cómo iba a hacerlo, si nunca le habían enseñado? Así que se vendía, se rifaba y se regalaba. ¿Qué importaba, a fin de cuentas? Ella no era nadie y en nadie se quedaría.

Sábanas y mecheros.



Tenía una extraña fijación con las camas ajenas y le gustaba jugar con fuego. Se ilusionaba con facilidad y el noventa por ciento de sus pensamientos eran imaginaciones de cosas que no habían sucedido nunca (ni sucederían). Le gustaba pensar que encontraría alguien que le abriría las sábanas de su cama a las tres de la madrugada. También había creído ver más de una vez como su pistola le sonreía, humeante, después de disparar. Pero eso no eran más que las ensoñaciones de una niña pequeña, ahogada demasiado pronto en el cuerpo de adulta y que a veces lograba salir a la superficie. Porque no había nadie que le cediese un hueco en su cama a una asesina a sueldo y las pistolas no tenían una boca con la que sonreír. Esta saumensch en particular tenía un problema grave de personalidad y otro de bipolaridad.
Una se llamaba Alessandra, otra Dinamita y la última solo zorra.

Enferma de esta ilusión.


Me engaña. Zalamera, juega a tentarme con su boca de oro y sus promesas perfectas. Parece que con ella, nada va a ser capaz de pararme. Que solo me necesito a mí misma y a esa fe insana, esa creencia de que ¡todo me irá bien! Floto. Es más, vuelo. Surco el cielo, entre pájaros y personas que no se atreven a abandonarse a sus ilusiones, me fundo con nubes de algodón, me pierdo entre matices de azul. Pero la sensación es frágil y mis ilusiones, más. Se quiebran. Se caen como un castillo de arena, absorbido por un mar llamado realidad. Y siempre encuentran la forma justa de hacerse añicos en el suelo unos segundos antes de mi impacto contra él. Para que así, de añadido, pueda clavármelas y sentirlas en cada centímetro de mi piel, con un dolor intenso y cruel.
Y poco a poco, mi piel queda recubierta por esos añicos, por escamas hechas de ilusiones, inocencia y estupidez.
(Las ilusiones me matan el espíritu).

El juego de la cuerda.


Ella lo quería. Lo había querido durante todos aquellos meses, había retenido suspiros cada vez que se cruzaban, había imaginado cientos de besos y lo había idealizado hasta el mismísimo túetano. Y a él, ella le picaba la curiosidad. Le interesaba como funcionaba aquel puzzle. (Y le gustaba más todavía jugar a montarlo y a desmontarlo a su antojo). Una soñadora desventurada con ganas de enamorarse y un viajero extraviado con ganas de experimentar. Ella es insoportable y él es cruel, pero ningnuo es capaz de detenerse. Ella se hace daño y él se aburre. Ella se aburre y él se hace daño. Juegan a tirar de la cuerda y se rinden por turnos. Al final, ninguno de los dos aguanta el tirón y deciden mirar a otro lado, olvidarse el uno del otro y desintoxicarse. Y así es como se pasa de amar a alguien locamente a no hablarle ni para darle los buenos días. Así es como la rueda sigue y las personas entran y salen patéticamente de las vidas de unos y otros. Esto es el juego de la cuerda.

Porcelain.

Deja entonces que una simple melodía te salve. Te aparte, te libre de estas cadenas, desate tu mente y te llene. Permite que sirva de bálsamo para tu cuerpo, que acaricie tus sentidos. Permite que te lleve, cogidos de la mano, lejos. Lejos del suelo, donde la gente perece de injusticia y hambre. Permite, solo duarnte cuatro cortos minutos, viajar sin moverte de donde estás. Y que respiro, poder descansar la mente un solo segundo, sin tantos pensamientos zumbando arriba y abajo. Que respiro y que respiración más tranquila. Que alivio, poder cerrar los ojos y no tener que preocuparme por nada. Que sensación más increíble, que descanso, que indescriptible, que maravilloso. Sonríe, al final de la canción. Una sonrisa del alma, de las de verdad y de las que se lanzan al vacío sin otro destinatario que tu mismo. Atento al momento en que vuelvas a abrir los ojos, alerta al mundo que vuelve a acecharte, dispuesto a robarte la tranquilidad. Prepárate para los intentos de la sociedad para ahogarte, incluso en la parte más íntima y recóndita de tu casa, de tu propia habitación. Pero tranquilo, siempre puedes volver a escapar, cuando quieras.

Bienvenido a Nueva York. (Por si la cagas, perdona la expresión).

Por si te equivocas en algo, te diré que odio los pies fríos en la cama y adoro los suspiros en el cuello. Los masajes en la espalda son mi especialidad, pero prefiero recibirlos. Nada de bebidas calientes ni de despedidas tristes. A veces no quiero que se me entienda (otras simplemente no me sé hacer entender).
Por si te arrepientes de algo, te diré que más te vale dejar todas las disculpas y tus 'lo siento' en la entrada, porque aquí ni unos ni otros son bienvenidos. Y te diré también que eso de que el tiempo todo lo cura, es una verdad matizada.
Y por si me echas de menos, te diré que des media vuelta y salgas corriendo. Y que vengas a buscarme con el depósito lleno de besos.

Brújulas que no señalan al Norte.

Sabes cual es tu camino, ahora, ¡sígelo!
Tuvo suerte. (Puede que su brújula no señalara al Norte mundano. Pero seguía siendo su Norte. ¿Qué más daba que para el resto fuera el sudeste?). Y un árbol que le susurraba cosas con el viento y sus colores.
¿Sabes? A veces pienso que el hecho de que no tenga adónde ir no importa. Que eso de no tener ni idea de que camino tomar y de lo que haré después del siguiente paso, se arreglará por si solo. Pero sobre todo, me mantiene el hecho de que con mis piernas, puedo ir donde quiera. Ellas me llevan. (Y mientras aguanten el peso y den el pego, no tengo miedo).
Pero, ¿y si eso falla? ¿Qué pasa si mis pilares se derrumban? ¿Sobre que me sujeto, en qué baso mis pasos? Sin ellas, ¿dónde esta arriba y abajo? Y sin ella, ¿dónde está derecha e izquierda?

—Estrategia equivocada. Siguiente.


—Vamos con ese directo. Tienes que imaginarte que tu brazo es una flecha. Ahora, ¡lánzala! —Escuché a Alan, desde la esquina, firme y exigente como siempre. La orden llegó a mi mente y acto seguido, disparé el puño. Imaginé que mi cuerpo era un arco tenso y mi brazo, la flecha.
Pero Relámpago era demasiado listo, rápido y experimentado como para dejarse cazar. Esquivó con una velocidad envidiable y se plantó frente a mí en menos de una milésima de segundo. Sabía que el golpe iba a llegarme incluso antes de ver como brillaban sus ojos. Y sabía también, que no iba a poder pararlo. Aún así, traté de frenarlo con la mano.
Inútil.
Sentí su guante aplastándome el estómago, dejándome sin respiración. Un dolor agudo restalló en mi cabeza. Me desvanecí por un segundo, sintiéndome desfallecer. Estaba cansado de recibir todos los golpes en el mismo sitio. <<Seguro que ya me ha hecho un agujero>>.
—¿Qué? ¿Te parece ya un buen momento para cambiar de estrategia o prefieres seguir recibiendo? —Alan continuaba martilleándome con palabras duras, provocando las carcajadas de todos los presentes. Sentí que la humillación me encendía por dentro.
Lancé dos amagos con la izquierda, siguiendo con derechazo, rápido y potente. Relámpago se vio por un segundo apurado, teniendo que agacharse de forma poco elegante y sin equilibrio. Aproveché ese momento para propinarle un golpe en el centro de la cara, sintiendo como mi guante resbalaba bajo el lubricante. Adelanté el otro puño para golpear por segunda vez, pero él ya había tenido tiempo para reaccionar. Se apartó y volvió a disparar contra mi cuerpo. Pero todavía no había acabado con mis planes. Adelanté las piernas para encontrarme directamente con su ataque, saltándome aquel segundo que siempre me tomaba para lamentarme de mi mala suerte y repetí el jab, ésta vez sobre su ceja izquierda.
—¡Eso es! —La voz de Alan me animó todavía más. Roté el cuerpo hacia la izquierda, con un movimiento brusco de cadera y solté la segunda flecha. Le alcancé la barbilla con el gancho.
Sentí una euforia inmensa en mi interior, pero me mantuve atento al combate. No tenía claro si debía ir a rematarlo o dejarle tiempo para que se recompusiera. La lluvia de puños que me cayó acto seguido contestó a mi pregunta. Me golpeó por todo el cuerpo sin parar, como mil aguijones furiosos. Sentí como algo crujía con un sonido horroroso, sobre mi ceja.
Me quedé parado en el sitio, petrificado, mientras Relámpago apartaba el puño de mi cara y se retorcía sobre la lona.
—¡Mierda!
—¡Te he dicho mil veces que te compres unos guantes nuevos, joder! —Alan se abrió paso entre las cuerdas y agarró a Relámpago violentamente del brazo para ponerlo de pie—. No lloriquees y déjame ver eso. —Le arrancó la protección de la mano mientras él aullaba de dolor. Bajo el guante azul aparecieron unos dedos retorcidos de forma horrorosa—. Oh, venga ya. —Chasqueó la lengua y fulminó con la mirada a Relámpago, como si no tuviera bastante—. Grande, haz lo que puedas con él. Y tú Ángel ayuda al chico con la ceja.
<<¿Le pasa algo a mi ceja?>>. Me dolía demasiado el cuerpo como para levantar el brazo y comprobarlo. Además, tenía los músculos entumecidos por aquel último choque. El corazón me latía con fuerza, desbocado.
—Vaya, chico. Le has roto un par de dedos a Relámpago, ¿eh? —Ángel se acercó a mí, hablando con su voz musical y tranquila—. Ya veo que no te andas con chiquilladas. ¿Cómo te llamas?
—Luke. —<<Me niego a que Alan convenza a todos para que me llamen trocito de madera limpiador de dientes>>.
Rió musicalmente. Sin duda, si existieran ángeles, se reirían así. <<Tal vez por eso le llaman Ángel>>.
—Oh, sí. Alan ya me ha hablado de ti: Mondadientes
Bufé, molesto.
Sentí sus manos en la cara, suaves y delicadas, buscando el corte. Aguantó la respiración un segundo, mientras sus dedos se concentraban en un punto. Sentí un pinchazo de dolor. Cogió un trapo y me limpio los restos de sangre seca. Lo miró con detenimiento y tras pasarle un algodón con iodo, me sonrió.
—Esto ya está.
—¿Por qué te llaman Ángel?
Pareció sorprendido por aquella pregunta. Por su cara, consideré que tal vez aquel fuera su verdadero nombre.
—¿No te lo han dicho? —Miró al suelo, entre avergonzado y divertido.
—No, la verdad.
—Bueno, entonces habrá que esperar a que me veas pelear. —Dio por finalizado su trabajo. Me golpeó suavemente en el hombro y me invitó a subir a la lona—. Tu entrenamiento no ha acabado. ¿A quién te apetece lesionar ahora?
El entrenamiento duró una horas más. Jamás, durante aquellos tres meses, me habían apaleado de aquella forma. Todos fueron mucho más rápidos, astutos y sobre todo, desconfiados. Entraban con mucha más fuerza, imparables. Podía ver en sus ojos como creían que, el menor despiste, iba a suponer un gran error. Temían cada uno de mis movimientos fuera de lo común y me vigilaban con atención.
Traté de usar mi creatividad para buscar nuevas formas de sorprender y apresar a mi rival, pero estaban advertidos. Cortaban cualquier iniciativa en seco, con un puñetazo en mitad del pecho o en la cara. Necesitaba ser más rápido.
Pero el cuerpo apenas me respondía. Estaba exhausto y adolorido. Me ardían los brazos y sentía las piernas pesadas y lentas. Incluso pensaba más despacio. Al contrario que mis contrincantes. Cambiaba de oponente cada diez minutos. Se relevaban para destruirme lentamente. Y a cada nuevo encuentro, me sentía más débil y más desganado.
—Vamos, chico. Estrategia equivocada. Prueba otra. —Ángel se había puesto en el lugar de Alan y me susurraba cómo debía enfocar el combate.
Apreté los dientes y los puños. El chico que tenía frente a mí era tan novato como yo, pero tenía un derechazo limpio, potente y además, sabía cómo usarlo. Esperaba el momento oportuno para destrozarme de un solo golpe.
—Estrategia equivocada. Siguiente. —Ángel repetía una vez y otra lo mismo, avisándome cuando hacia pasos en falso. Observé como mi rival se mantenía en tensión, alerta y dispuesto para saltar en cualquier momento. Pero esperaba, esperaba tranquilo y seguro en su posición.
Entonces comprendí: <<No necesito centenares de golpes. Sólo uno lo bastante bueno>>.
Volví a fijarme en la actitud de mi contrincante, pulcra y cuidada. No podía leer nada en su rostro. Ni cansancio, ni nerviosismo, ni ganas de pelea. Nada. Tenía que ser más inteligente que él y tendría que usar mi creatividad para ello.
—Estrategia equivocada. Otra.
¿Se refería a mi inactividad o es que había captado mis pensamientos?
Pero en mi mente había comenzado a idear, a calcular y a buscar alternativas, a un ritmo frenético. Pensaba en cada posibilidad, buscando aquella que pudiera ayudarme a ganar. Un paso hacia la izquierda, un amago y, ¿después? No, probablemente trataría de cortar mi arranque con un puño certero. ¿Y si intentaba algo por su derecha? Parecía estar desatendiendo aquella zona.
Y entonces, sin pensarlo, me lancé a la aventura.
Deslicé un pie suavemente hacia la izquierda, dándole falsas esperanzas a mi oponente. Y mientras él descargaba su brazo derecho sobre el aire, yo me moví, raudo, hacia su derecha. Esquivé su ataque y me coloqué a su espalda. Lo golpeé una, dos, tres veces. Y cuando se dio la vuelta continué golpeando, moviéndome de derecha a izquierda para evitar sus puños letales.
Y al final, cayó.
—Bravo, Luke. Estrategia correcta.

Cierro los ojos y los abro por dentro.


(Y me apunto otra derrota, tendrás mi boca).
Descuento el tiempo ocho veces por minuto. 22 Mayos a solas en un café, bombeando imaginación. Nueve con noventa y nueve estrellas fugaces; tres con cincuenta runaways que huyen. Globos de colores surcando el cielo, salpican el amanecer con puntitos fluorescentes. Chicas mecánicas se contonean, luciendo sus piernas kilométricas en pleno diciembre. Una sociedad que nos enjaula y experiencias que se repiten. Sueños que se hacen añicos, presente que se convierte en un pasado doloroso. Indecisión y algo de miedo. Memento Mori. La confusión de encontrarse en este punto del camino. Vacilar al andar por no saber hacia dónde ir. ¿Dónde están tus metas? Justo cuando ya casi has conseguido aquello por lo que peleabas, pierde su valor y te desentiendes. Ya no interesa. Casi como si te diera miedo el éxito. (Un día quiero dejar el mundo entero por ti, la misma noche me aburro y no eres para mí; como quisiera tenerlo tan claro como lo tienes tú).

No es porque digas la verdad. (Es porque nunca me has mentido).

¿Se puede hacer un free style?
A veces, me da por soñar. Me permito el lujo de creer en cosas que sé que jamás ocurrirán. (Vale. Puede que últimamente lo haga constantemente, a todas horas). A fuerza de soñarlo, no se hará realidad. Pero, si soy capaz de imaginármelo, ¿por qué no de hacerlo? (Tal vez porque no depende de mí).

¿Soy la única? No, seguro que no. Todo el mundo tiene sueños, pequeñas ilusiones que desea ver cumplidas. Aunque saben que las probabilidades son mínimas. Y me pregunto, ¿es falta de confianza en uno mismo? ¿o manca de ganas? Realmente, por intentarlo, nadie pierde nada. (Pero somos una sociedad de reprimidos)

—Sigue tus instintos.

Instinkt – Instinto:
1. Conjunto de pautas de conducta que se transmiten genéticamente, y que contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie.
2. Impulso indeliberado que mueve la voluntad de una persona

13 de Febrero, 2012.


(Vamos a hablar de las ilusiones, del trabajo duro y de las decepciones).

A veces, creemos que no vamos a ser lo bastante buenos. Trabajamos y practicamos una y otra vez, por el simple placer de hacerlo o por las ganas de superación. Hay quien no se marca objetivos en la vida. A menudo, es esa gente la que consigue los sueños que debían ser nuestros. Sentimos envidia y rabia, ¿por qué ellos? (Está claro que es una prueba. ¿Vas a rendirte o vas a continuar esforzándote por conseguir lo que quieres?). Cabe decir que nada se consigue sin dedicación. Por lo tanto, si ese alguien ajeno a nosotros consigue algo y lo ha hecho con trabajo duro, se lo merece. De lo contrario, no valorará lo que tiene y punto. ¿Conclusión? Ocúpate de tus malditos asuntos.
¿Qué hay de las ilusiones? Eso que sucede cuando dejamos volar libre al pensamiento o nos dejamos influir por palabras agradables al oído. Las ilusiones son una pérdida de tiempo y una distracción. Además, suelen consistir en ser aclamado por una multitud o en el reconocimiento del esfuerzo. Y a decir verdad, desembocan casi siempre en decepciones. (Quien está subiendo escalones para llegar a la cima, no tiene tiempo para ilusionarse y tampoco necesita palmaditas en la espalda.). ¿Conclusión? Ocúpate de tus malditos asuntos.
(Hoy es el día, chicos. Vamos a ver quien se ha esforzado más y quien valora).

Un 4 de noviembre...

A veces, la vida se porta mal con nosotros.
A veces, se porta bien. Realmente bien.
¿Sabes qué, hermano? Conmigo fue un rayo de sol.


Y pensar que no existe otra persona igual que tú. Que eres único en el mundo. Único en tu manera de ver las cosas, de vivirlas, de afrontarlas. Único en tu forma de estar siempre ahí, en la distancia. Único, en definitiva. (Única también, la suerte de haberte encontrado). ¿Sabes? Hace exactamente cinco meses y un día que no te veo. ¿Para cuándo decías que ibas a venir a visitarme a la isla? Te recuerdo que me prometiste que harías todo lo posible.

¿Sabes qué más? Estoy teniendo un par de días malos. Un par largo. Creo que necesito desconectar (iría a correr, pero llueve). Suerte que esta tarde tengo entreno. Y suerte que estás tú. Este fin de semana tenemos que hablar, recuérdame que te llame (pero de verdad, que siempre decimos lo mismo y luego se nos olvida).

Te quiero, hermano. Te quiero, te admiro y te añoro.

España.

(Aviso: esto no es una declaración choni).
Odio verte llorar, odio escucharte al otro lado de la línea conteniendo los sollozos. Odio que no seas feliz, odio no poder hacerte reír, odio no tener la capacidad de vaciarte la cabeza de preocupaciones. A nadie le hace falta ser muy inteligente para saber que estás enamorada, que sientes y padeces, que te duele la distancia, la mentira y el engaño. Espero que no te hagan falta muchas palabras para darte cuenta de que te quiero, de que te entiendo y sobre todo, de que soy tu escudo en la batalla.

¿Me prometes que mañana me darás un abrazo?
Y dos, y tres, y todos los que quieras o necesites.

Te quiero hermana. Gracias por estar conmigo esa noche de no borrachera, gracias por ser leal y honesta, por reconocer que te equivocas y por pelear por lo que quieres. Gracias por escucharme cuando te hablo de constelaciones, de sueños y de esperanzas. Gracias por escuchar esas historias que se van tejiendo en mi cabeza y por formar parte de ellas. Gracias por ser tú y solo tú.

Te quiere,
Francia.

Tormenta

Tormenta.

                                                 (Editado para la revista PALABRA ESCRITA).

Sin señales de stop, sin límites de velocidad



Vamos, princesa. Sigo teniendo tu zapatito de cristal. Y todavía guardo todas esas promesas, y todos esos cheques regalos de abrazos infinitos. ¿Y tú? ¿Guardas los míos? Esos que decían: vale descuento por un día Mic sin interrupción.
¿Sabes? Me alegra saber que ambas estamos luchando. Al principio, sentí que era yo la única peleando por el reino, ¡necesitaba la infantería! Y por lo que yo sé, tú creías lo mismo. Suerte que se arregló, pequeña, porque si no, no habríamos logrado desterrar a los invasores.
Pero han hecho daño. Se han cargado las torres del castillo y el puente levadizo, el que facilita el paso a todo el reino Mic. Así que vamos a tardar a reconstruirlo todo. Pero tenemos la paciencia y tenemos la tenacidad, así que, ¿por qué no intentarlo? (¿Sabes que este 2O12 es el año de la corona turquesa?).
Vamos a comernos el mundo (y al coco).

Hoy me apetece...



Comerme el mundo, sonreír y ser feliz. Hoy me apetece verte pasar y sentir que no me afecta. Hoy me apetece sentirme perfecta. Hoy me apetece... Hoy pienso, voy y quiero. Todo imperativo, todo acciones, nada de palabras. Avui serem dos aus de foc sembrant tempesta. Hoy me apetece cantar, gritar, salir a correr, dibujar, escribir, ver el mundo como lo que realmente es: un sitio bonito para vivir. Para sentir, para hacer nuestro camino, para ir esquivando las cosas que no nos gustan y abrazar las que sí. Para plantarles cara de vez en cuando y ignorarlas en otras muchas ocasiones. Para darme cuenta de que se tiene que hacer lo posible para que al final del día, al dormir, se pueda sonreír apliamente y desearle las buenas noches a todo el mundo, sin enfados, sin arrepentimientos. Porque a fin de cuentas, ¿para qué perder el tiempo odiando a otra persona?

Relámpagos escarlata.


Soy un fiera, soy una bestia salvaje, soy un león. Bienvenido a mi wild world, pequeño. Donde dos y dos son veintidós a la primera y a la segunda dieciséis cuartos. Supongo que aquí todo anda un poco alrevés, aunque nosotros ya no llegamos a distingir quién está cabezabajo; si nosotros o el mundo. Somos todos unos sombreros locos, unos conejos blancos con prisa y unas chiquillas de vestido azul que se han perdido. ¿Has oído la canción de Paradise, de Coldplay? Te la recomiendo. Y también te recomiendo que encuentes algo nuevo que hacer, persona triste. Porque la vida no es algo para sentarse y ver pasar, ¡se fabricó para experimentarse, para vivirse! (No lo estás haciendo muy bien). ¿Qué más dará que no te llame, que no le importes? Smile, life is good. Cosas de la vida, cosas con las que debes convivir, que debes aceptar (¿O pretendes darle una pócima mágica que logre hacer que te ame?). Así que despégate de la pantalla y lánzate a la aventura. El mundo salvaje te espera.