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Otra bala perdida más.


No puedo entenderos. A ninguno. Ni tan siquiera puedo intentar ponerme en vuestro lugar, desde vuestro punto de vista. ¿Podríais vosotros, detrás de los ojos de Hitler? ¿Podríais, en el cuerpo de Julio César? ¿Realmente podríais? Apostáis por años de sufrimiento con las mejores cartas para conseguir un carpe diem idealizado. Os engañáis a vosotros mismos y os contentáis con el resultado. Os maltratáis. ¿Nadie lo entiende? No importa cuánto grite, cuánto repita, cuánto insista. Vuestro cuerpo es fortaleza. Vuestro cuerpo sois vosotros. Ahí es donde vivís, donde viviréis una media de noventa años. Vuestro cuerpo es una máquina. Es la mejor máquina. Pero no es inmortal. El oxigen lo oxida y lo deteriora, lo convierte en una carcasa arrugada y llena de manchas, lo vuelve débil y lo mata. No necesita vuestra ayuda para estropearse, tiempo al tiempo. Y esas noches no llenan, esas caladas no alivian. Las lagunas no borran los recuerdos que más duelen, el humo no oculta la realidad. La euforia del momento justo después de clavarse la aguja no es permanente.
Solo quedará un cuerpo hecho pedazos y débil. Y vuestros recuerdos de sonrisas y momentos perfectos, el mejor placebo para una realidad irreversible. 

Yo siempre fui un bala perdida.


Yo siempre tuve los mismos sueños, yo siempre seguí el mismo camino. Yo siempre. ¿Cambiamos realmente o solo llegamos a reprimirnos? Somos lo que somos, ¿realmente eso puede moldearse? Nuestros defectos, ¿se corrigen alguna vez? ¿O solo logramos maquillarlos? Opino que no hay nada que hacer y que de dónde no hay, no se puede sacar. O algo así.
Madurar, ¿qué es eso de madurar? Para nuestro concepto de sociedad es saber comportarse delante de los demás, no decir groserías y sobre todo, callarse lo que uno piensa. Por eso de que podría ser ofensivo o ir contra el sistema y estaría mal visto. 
Pero, ¿y cómo personas? ¿Qué es madurar? Si eres envidioso, inseguro, cobarde, ¿tiene que cambiar eso? ¿Ese es el concepto de madurar? Tal vez debería comprenderse como aceptarse a uno mismo y aprender donde están nuestros puntos flacos para así poder convivir con ellos y ser felices. Pero, ¿y entonces? ¿significa eso que somos estúpidos por no querer mejorar?
Cuando nacemos, podría decirse que estamos hechos de barro blando, moldeable. Pero, ¿y cuándo han pasado unos años? Ya no hablo de adolescencia, hablo de la infancia misma. Allí, el barro ya se ha secado, ya ha tomado forma. Puede que se le añadan pedazos, se le quiten algunos o se partan, pero lo que ves es lo que hay. ¿Maduramos durante la adolescencia, durante los veinte? ¿O aprendemos a comportarnos como quiere el sistema, como muñecos iguales hechos con el mismo molde?
Opino que un cabrón, va a ser siempre un cabrón. Que un imbécil, será imbécil. Que un envidioso sentirá envidia y que una persona insegura mirará siempre hacia atrás cuando vaya por la calle. Pero, ¿quién sabe? Puede que el cabrón conozca a la persona de su vida, se enamore y ese amor lo ablande y oculte parcialmente su gran defecto. Puede que el imbécil tenga a alguien tan imbécil como él y se hagan compañía. Que el envidioso aprenda a apreciar lo que tiene, dejándose llevar por ese sentimiento solo de vez en cuando y que el inseguro aprenda a andar con firmeza. Puede que se añadan pedazos a su figura de barro. Pero todos los componentes con los que se crearon, seguirán allí.
Si te fijas, lo único que necesitamos para madurar son personas. Personas egoístas, personas buenas, personas antipáticas, personas empáticas, personas. Gente que se quiera, que se dé amor y valor, seguridad y felicidad. Pero la sociedad nos mata. Nos hace señalar con el dedo para sentirnos mejor, nos hace criticar, nos hace nadar en un mar que hierve para sobrevivir. Nos divide. Nos mata. Y nosotros no hacemos nada para impedirlo. ¿Para qué? Uno a contrasentido en una autopista. Un bala perdida. Una pérdida de tiempo.

Apunta y click-clack, dispara.

Más rap en la cabeza y menos drama.

Estás hecho todo un Judas, cariño. Rezumas odio y envidia, te consumes y te pudres en ellos. Te vas oxidando con las miradas recelosas, con los comentarios, con la soledad. Te desprecias a ti mismo y deseas escapar de tu cuerpo y de todo lo que te rodea, deseas poder ser otra persona. Pero esta es la realidad que te ha tocado vivir, la existencia que has de soportar.
Haz algo memorable.
Ya sabes, algo grande. Algo que se escriba en los libros con letras de oro, algo que deje huella. Algo que haga que te recuerden con admiración, con envidia. Conviértete en un referente, en un ídolo, en un modelo a seguir. Conviértete en todo aquello que siempre has querido ser.
Carpe that fucking diem.
Sé feliz y no malgastes tu tiempo. La vida es bonita, siempre y cuando no la malgastes deseando aquello que no puede ser. Algo que es físicamente imposible. (Nunca tendrás sus ojos, ni sus curvas. No vas a ser como ese chico ni vas a tener su vida). ¿Para qué? Al fin y al cabo, lo que tienes es mejor. Solo que todavía no has sabido aprovecharlo.
No dramatices.
No es para tanto. Tienes dos brazos, dos piernas, todos los órganos en orden y estás sano. Comes todos los días, tienes un par de instrumentos en casa y no falta alguien que te quiera. Solo que no estás conforme. Eso está bien, en parte. ¿Sabes? Deberías concentrar toda esa capacidad destructiva, canalizarla para que se convierta en algo nuevo y bueno. Deberías saber apreciar lo que tienes y dejar de lloriquear si quieres más.
Más rap en la cabeza y menos drama.

Inseguridad que nos envenena.


Camina con los brazos cruzados por la calle, mirando al suelo. Se siente insegura, pero finge. Necesita ayuda, pero no la pide. Sabe que la necesita, pero se engaña. Se maquilla para ocultar sus mayores temores y se viste como el resto para confundirse en el ambiente. No importan lo descabellado que sea, ella lo hace. A veces quiere llamar la atención, otras solo quiere desaparecer. Ríe de forma ruidosa, atrayendo miradas. Se busca problemas y llora cuando los encuentra. Tiene la necesidad de sentirse querida constantemente, de ser el centro y de formar parte de algo. Cotillea como cualquier otra, la clava por la espalda como ninguna. Malinterpreta y tuerce las palabras a su favor, es amiga de todos si interesa. Se pone a la defensiva y se da por aludida cuando alguien dice zorra. Da un calo a ese porro para que le sonrían, se envenena con droga para seguir el ritmo. Cree estar a la altura, cuando solo es un número borroso en el listín telefónico de alguien. Esa persona a la que llamas si ya has perdido toda posibilidad de plan. Esa que dejas para el final, como última opción. Esa que siempre está detrás de ti, afinando el oído y afilando el cuchillo. Esa cuyo nombre va acompañado de problemas.  A veces incluso se permite ser ella misma. Por un segundo se quita la venda de los ojos y se da cuenta de que está completamente sola. Antes de dormirse, da un par de vueltas sobre la cama, sin llegar a conciliar el sueño. Llora por su desgracia y se autocompadece, sin suficiente fuerza de voluntad como para cambiar. (Y a la mañana siguiente vuelve a ir maquillada). 

Make you feel my love.


A veces me permito imaginarme a mi propio príncipe azul. A veces me permito divagar y soñar, fantasear y volar hasta estar muy por encima de las nubes, directa a mi pedazo de cielo. (A veces el exceso de novelas románticas y de caballería me pasa factura).
Me dijeron una vez que sólo somos capaces de hacer aquello que somos capaces de soñar. Y soñar es, tal vez, lo más barato de este mundo. (Soñar, que no ilusionarse).
Pero he cometido un pequeñísimo error; un fallito de nada (me he ilusionado).
No hay sitio en el cielo para las ilusiones, me temo. Ni un cacho de nube. Las ilusiones son para los caídos, esos que están pegados al suelo y han perdido sus alas. Para ellos está ese método de pérdida de tiempo. Y cuando esas ilusiones se rompen, acaban en el subsuelo, bailando en los círculos del infierno. (Qué fácil el descenso y que difícil la remontada).
Vamos a ser personas inteligentes. Vamos a fabricar sueños (ese proceso mediante el cual se hacen realidad nuestras expectativas) y vamos a perder esa malsana costumbre de ver la vida pasar sentados, alimentándonos a base de ilusiones.
¿Sabéis que son? Las ilusiones, digo. Son… Son mentiras maquilladas. Maquilladas de fantasía y un poco de surrealismo. (Además de una gran dosis de vaguería). Porque, por si nunca os habíais fijado, los caídos se limitan a anidar esperanzas y a esperar milagros. Y bien es sabido que los milagros no existen.
No insistas, pequeño ilusionado: pese a que la esperanza es lo último que se pierde, es una mala fórmula. (Y al otro lado del igual está el error).

C’mon call me bonita.


¿Os da miedo decir lo que pensáis? ¿O pensáis lo que decís? (No importa. He llegado a mi tope. Podría decirse que la gota que colma el vaso tiene nombre propio). ¿Os da miedo no encajar, no poder rajar de alguien, no tener conversación, no ser interesantes? ¿os da miedo lo que digan de vosotras? Pues ya dicen, bonitas. Ya dicen.
(Cuanta envidia, cuanto miedo, cuanta inseguridad, cuanto odio contenido, cuanta zorra). ¡Cuánta gente imbécil!
¿Qué hay que hacer para que cada uno se encargue de lo suyo? (Que ya tenéis bastante, creedme). Debería inventarse la píldora de la madurez instantánea. O un silenciador de zorras.
(Y tú que crees que te salvas, te equivocas; tanto chuparla no podía darte buena reputación. Y tú que parecías una mosquita muerta ya te has cargado la vajilla. ¿Y tú? Da igual todo lo que intentes: aunque la zorra se vista de seda, zorra se queda).

La verdad era la duda. Duda que todo cambió.

¿Por qué dudas?




¿Qué te da miedo, eh? ¿Qué te asusta? (El que pensarán, el qué dirán).
Somos presos de una sociedad que nos odia, y nos destruye. Si triunfas, te desprecian y te envidian, si fracasas, te señalan con un dedo y se ríen. ¿Si no destacas? Eres un mediocre. Vivimos permitiendo que números nos dominen (ese que aparece en la báscula, el de las facturas, el de la hora de esa cita). Somos seres egoístas y cerrados, desconfiados y rencorosos. Mentimos y engañamos, sin importarnos a quien hacemos caer con tal de alzarnos. ¿Y nosotros que hacemos? Nos consumimos a base de ¿qué hubiera pasado si…? Por miedo a que esta odiada y asquerosa sociedad nos repudie. (Pero es que solo no vas a ninguna parte). ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo continuar, como acertar en nuestras elecciones? ¿Cómo ser nosotros mismos?
(Tal vez la solución sea no preguntarse por qué). 

¡Si no sabes morder no nos vengas a ladrar!


Cuanto más estrecha es la mentalidad más grande es la boca. Y más gritos sueltan. ¿Quién le quita la razón a quién la impone por la fuerza? Se van comiendo nuestra libertad, nuestra capacidad de pensamiento. ¿Cuántos de nosotros sentimos curiosidad? Ninguno. No nos interesa nada de lo que hay ahí fuera. (De hecho, ¿para qué salir de nuestra habitación, si lo tenemos todo a un click de ratón?). Todo esto también va por vosotras, chicas. A vosotras, que os encanta hablar siempre del carpe diem pero os pasáis el día encerradas en vuestra habitación, consumiendo vuestra juventud frente a una pantalla.

La mayoría del tiempo no somos conscientes de lo muchísimo que nos manipulan. Nos creemos libres, cuando en realidad solo somos peones del sistema. Un número más en los balances de población, una masa de átomos que cotiza. A ningún político le importa que haya familias enteras muriendo de hambre, sufriendo. Su felicidad no importa. (Solo el dinero. ¿Sabes? En este reino de lo Absurdo, Dios tiene dos nombres; uno es dólar y otro es euro).

Y esa otra fracción de tiempo reducida en la que somos conscientes de lo mal que va el mundo, nos limitamos a bufar, a cruzarnos de brazos y a esperar sentados. ¿En qué pensamos? (Tenemos la esperanza de que aparecerá algún revolucionario que nos salvará a todos). Nadie actúa, nadie reacciona. Quejarse es el deporte nacional. (Y la mayor estupidez creada por el hombre). Querida sociedad, quería decir que se han acabado las revoluciones; estás perdida.

Tengo esta bala. (Mi última bala).

Me encanta como te critica la gente. Como te mira por encima del hombro y como te señalan con el dedo. (Cuando estás de espaldas, claro).  Todo el mundo cree conocerte, cree saber lo que eres. Está seguro de acertar cuando habla de nuestros mayores defectos, ¡cómo si nos conocieran! Como si supieran lo que hemos pasado, lo que vamos a pasar y lo que estamos pasando. Como si…
Todo el mundo critica. La sociedad es así de asquerosa. Adolescentes inseguros se reafirman echando la mierda de un hoyo a otro, cuidándose únicamente de su felicidad. Es curiosa su ignorancia: su felicidad depende de la tristeza de otros. Porque cuanto más inferiores se ven los demás, más grandes son ellos.  Es así como funciona el ciclo. (¿Pero qué pasa cuando esa persona no se deja pisar, cuando está contenta pese a todo? Oh, entonces nace la frustración. La frustración se los come y los ahoga; su felicidad ya no existe).
Pero no nos engañemos, lo peor no es eso (habrá que joderse, es algo que no puede cambiarse). Lo peor es la falsedad. Esa sonrisa de buenos días y la puñalada de buenas tardes. O ese gesto de no me caes bien pero te saludo, y esa risa compartida con otros a la espalda de no te conozco, pero te critico. ¿Qué hay que hacer para que cada uno se ocupe de sus asuntos? ¿No tenemos ya bastante? Como si no fuera suficientemente complicado como para que el primer imbécil de turno nos amontone los problemas (y se convierta en uno más, de añadido).
Aunque, ¿sabéis por qué la gente crítica? Por envidia. Pura y dura. Simple. Ven las virtudes de los demás y se sienten indefensos, inseguros. Desearían ser como esos que tanto critican, pero no pueden. Piénsalo. ¿Alguna vez has criticado a alguien que no destaca, ni por arriba ni por abajo? ¿Que simplemente está ahí pero como si no lo hiciera? Nunca. Nos da igual. Pero ahora, ¿a quién criticamos? A esa persona que se nos clava en la mente como un aguijón, a esa que no podemos sacarnos de la cabeza ni a tiros. A esa, es a la primera a la que atacamos.

(¿Sabes? Si tuviera una bala y la ausencia de las consecuencias, te haría un agujero entre ceja y ceja. Por tus gestos de superioridad, por tus críticas, por tu manera de creerte mejor que el resto. Pero eso no sería inteligente. Mejor ver cómo te estrellas tú solo, sin necesidad de apretar el gatillo).

Y de nuevo, la piedra. Ahí está. Esperándome en el mismo sitio donde la dejé. ¿Adivina que hago? Tropiezo.

Estoy incondicional y perdidamente enamorada de esta piedra. Sin duda. Es una relación complicada y poco estable. En apariencia, no puedo vivir sin ella. Aunque en realidad me mata y deseo dejarla atrás cuanto antes. ¿Por qué entonces, vuelvo siempre? Incoherencias de la humanidad. De la adolescencia.

(Recuerdo que una vez probé a patearla. ¿Resultado? Fue a caer unos metros más adelante. No te quepa duda; volví a tropezar).

He buscado mil maneras de deshacerme de ella. Y ninguna da resultado. Es desesperante la forma en que todo converge allí mismo, sobre la maldita piedra. Ella resume todos mis errores y los aglutina. Todos con el mismo punto de inicio y final.
Que camino más aburrido, el mío. (No pasa demasiado tiempo hasta que la historia vuelve a repetirse. Como una función periódica).
¿Y si la solución no es quitarla de ahí? ¿Y si se trata simplemente de aceptarla? (Aunque tampoco voy a aguantar tener que darme de bruces contra el suelo una y otra vez). Tal vez todo consista en comprender que su función es estar ahí. Dejarla en paz. Rodearla, saltarla, esquivarla. O simplemente, ignorarla. (O tal vez bastaría levantarme después de caer con una sonrisa).
Pero, ¿y si no hay solución?

I’m gonna change your life. Im THAT girl.

Gira a la derecha si sueles ir a la izquierda. Salta en vez de agacharte. Mira hacia arriba cuando te hayas cansado de las baldosas. Dices que estás harta de la rutina, que no la soportas y que vas a estallar. ¿Sabes? Únicamente conseguimos resultados diferentes si hacemos cosas diferentes. ¿O crees que, a fuerza de pisar siempre por el mismo sitio y mirar hacia la misma dirección ocurrirá algo distinto? Con lo inteligente que pareces, con lo sabida de la vida que vas…

(Me encanta. Toda esa gente hippie bohemia de ahora, esa que le hace un hueco al paz y amor en la boca junto al porro y luego son los primeros que saltan. Me encanta).  

This world is mad.

Creemos saber qué es lo que más nos conviene. Creemos saber cuál es la manera de conseguir fortuna y de que la vida nos sonría. Creemos saber que camino debemos tomar para ser felices. Creemos saber. Nada más lejos de la realidad. Puesto que no hay un más nos conviene general, si no uno individual. Uno que somos incapaces de ver puesto que la sociedad nos ahoga y reprime. No hay manera de conseguir fortuna y que la vida nos sonría, puesto que no hay acciones de la vida que repercutan sobre nosotros sino acciones propias que repercuten sobre la vida. Y tampoco hay un solo camino para la felicidad, sino varios. Todo dependiendo de lo que nosotros entendamos por felicidad.

A nuestro querido mundo se le va la olla. Aunque acostumbramos a decir que no hay situaciones complicadas, solo personas difíciles. Podríamos, entonces, imaginarnos una vida perfecta sin problemas ni ralladas (sobre todo, sin adolescencia). Fíjate en los animales, viven al cien por cien sin preguntarse un solo momento si lo están haciendo bien. Sin preocupaciones y sin remordimientos.   

Once upon a time.

¿Alguna vez has sentido que no estás preparado? ¿Que toda esa palabrería no era más que eso, palabras y más palabras? ¿Nunca has sentido que la vida te engulle, te supera y te arrasa? Hay veces que decide jugar a la ruleta rusa. Y, siguiendo con la dinámica del juego, hay veces que carga con plomo su arma. Dispara, sin piedad y sin remordimientos. Y si te toca, te jodes. ¿Y después qué? ¿Cambia algo? Definitivamente, perder un brazo puede hacer cambiar en muchos aspectos tu vida. De hecho, seguro que lo hace. Pero puedes seguir siendo el mismo imbécil, cretino e idiota. La vida no enseña, castiga. Es cosa tuya si quieres aprender o no.
(¿Y si no hiciera falta una Tercera Guerra Mundial para ver cambios? Hacen falta cambios. Muchos cambios. Y uno de ellos es, para empezar, el respeto. Respeto te falta, sociedad).

The hell will be paradise without you!


¿Quién ha dicho fútbol? ¿Quién ha dicho baloncesto? Quejarse es el deporte que está de moda. Quejarse y criticar. Sobre todo eso. Y todo junto, ¿qué nos da? Sociedad. Esa en la que comes o eres comido. Muchas veces, se habla de la vida como trenes que vienen y van, acercando y alejando oportunidades. En cambio, a mí me parecería mucho más apropiado utilizar como metáfora un semáforo. Color verde cuando tienes oportunidades al alcance de tu mano, a un par de pasos. Ámbar cuando se te escapan y debes actuar rápido. Y rojo cuando las pierdes. Prueba a cruzar cuando está en rojo. (¿La sociedad? Un tráiler a dos cientos por hora por esa misma calle. Te arrasa. Te destruye bajo sus ruedas, te hace pedazos y te borra del mapa).