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She can fuck you good but I can fuck you better.


Mírala.
Tiene el pelo largo, brillante y de un color castaño intenso. Se deshace en una cascada de tirabuzones sobre sus hombros. Reluce y lanza destellos con el sol. Se parece al lago de chocolate de Willy Wonka, solo que mejor. La tez morena, firme y suave al mismo tiempo, sin una sola imperfección. ¿Morena? Tostada por el sol brasileño, atractiva y deliciosa, casi aceitunada. Dan ganas de perder de vista las manos en su piel. Las facciones finas y duras, simétricas en todos sus ángulos. Tiene los ojos grandes, verdes y astutos. Zalameros. Moteados y con carácter. Te destroza con una sola mirada, como si esgrimiera cuchillos. Las cejas finas y expresivas, se arquean levemente y te deshaces. Los labios carnosos y rojos, luminosos y juguetones, esconden dos hileras de dientes blancos perfectos, listos para morder.
Mírala.
Clavículas marcadas, delgadas y rectas. Hombros erguidos y compactos. Brazos largos y fuertes. Manos ágiles, dedos flacos y hábiles, muñecas de porcelana, puños de acero. Busto considerable, elegante y firme. Cintura estrecha, caderas anchas. Curvas de infarto, de esas que se pasan sin frenos. Piernas largas, resistentes y ágiles, pies pequeños y fuertes.
Mírala.
La llaman Jazz Blue.
Pero mejor no llamarla.    

Zorros y manzanas.


—Hola.
—Hola, zorro.
—Vaya. ¿Dónde queda el perro?
—Lejos. ¿Sabes? Un zorro corre más.
—No me hace falta correr.
—Di mejor que no puedes.
—Todavía te debo un tiro por eso, ¿recuerdas?
—Siento lo de tu pierna.
—Vamos, no digas que lo sientes si no es verdad.

Jazz Blue estaba preciosa aquella noche. Lo era, en realidad. Tenía unos ojos grandes y absorbentes, de un color miel encantador (casi tanto como su manera de mirar). Unos labios carnosos y rojos que esgrimían sonrisas irónicas a todas horas y dejaban escapar carcajadas hechizantes. Además de aquellas curvas de infarto, las piernas kilométricas y los movimientos de gata silvestre. Era una explosión de pasión vibrante. Y era mortal.

—En realidad, yo te debo más tiros. Uno entre ceja y ceja, para ser concretos.
Era puro veneno.

A William Fox nunca lo habían amenazado de muerte. Llevaba toda una vida siendo el perro de Hugh. Y no quedaba nadie en la ciudad que no temiera su nombre. Era el mejor asesino a sueldo de todo el condado Oeste, y probablemente también lo sería del Este; y sin embargo, allí estaba ella. Su talón de Aquiles, su caja de Pandora, el caballo de Troya. Aunque, para ser exactos con las comparaciones, una Helena de Troya sería más puntual.

—Has perdido facultades, perro.
—Cállate, Hugh. Ya no trabajo para ti.
—No importa. Estás acabado como asesino.
—Podría hacerte cambiar de opinión.
—Podrías. Pero el hecho de que no vayas a hacerlo ya me dice bastante.
—¿Quién te dice que…?
—Déjate de chorradas y llévate a esa putita de aquí. La quiero fuera de mi vista.
Aunque Jazz sí hubiera sido capaz de volarle la tapa de los sesos, prefirió desaparecer. A saber cuántos sicarios tenía bajo sus órdenes, dispuestos a fusilarlos al mínimo movimiento sospechoso. En el fondo, Hugh siempre había sido poderoso. Tal vez de ahí que todo el mundo temiera a su perro.

—¿Te arrepientes de haber venido conmigo?
Jazz tenía los ojos entrecerrados, mientras escrutaba el rosto de Fox en busca de alguna respuesta. No la encontró, claro.
—Te he hecho una pregunta.
—Me arrepiento de que me dejaras cojo.
—Eso no contesta a mi pregunta.
—Pero es una respuesta bastante buena, ¿no crees?
No, por supuesto que no lo creía. Pero Jazz no iba a demostrarle hasta qué punto necesitaba que un <<no>> saliera de su boca. No iba a mostrarse débil.
Además, ya sabía la respuesta. 

De cómo un perro salió de caza y volvió convertido en un zorro.


De cómo un perro salió de caza y volvió convertido en un zorro. 


Brainstorm, Artic Monkeys. 

—¿Esto no se acaba nunca o qué?
Pude ver uno de sus rizos azules brillar en la oscuridad. Notaba su aliento cálido sobre la nunca y sus manos removiéndose cerca de mí, forcejeando con la caja fuerte.
Algunos la llamaban Dinamita. Y aunque no era su nombre, sí era un mote bastante acertado. Ella siempre había sido como una explosión, un estallido de energía y magia. Tenía un no sé qué especial que la caracterizaba y la hacía diferente al resto.
Jazz siempre fue una persona curiosa.
—Mueve el culo!
—No me presiones, Jazz.
—Molestas, apártate.
—¿Crees que la vas a abrir con las uñas? Déjame trabajar tranquilo.
—Que te jodan.
Resopló y se hizo a un lado, dejándome vía libre para poder manejar aquella pequeña caja de Pandora. Iluminé el sistema de abertura con la linterna. Acto seguido se me cayó el alma a los pies.
—Y te dijeron que esto sería fácil?
—Pan comido.
La apunté con la luz, arqueando una ceja.
—¿Tienes idea de cómo funcionan estas cosas? —Señalé a mi espalda con el pulgar, donde el reto de discos y contraseñas numéricas esperaba en silencio, prácticamente riéndose de mí.
Se encogió de hombros como toda respuesta.
Fruncí los labios, mientras le daba la espalda. Ella comenzó a moverse por toda la habitación, revolviendo los cajones y hurgando dentro de los armarios. Provocando un gran estruendo, como de costumbre.
—Jazz, ¿quieres hacer el favor de no tocarme las narices?
—¿Te quieres callar?
Diálogos rutinarios, claro. Ya que a mí jamás me importó el ruido que hiciera i a ella nunca le importo lo que tuviera que decirle. Así que seguimos cada uno a lo nuestro, como si no hubiéramos dicho nada.
—Partiré esa maldita roca de hierro, si hace falta —la escuché refunfuñar entre dientes, desde algún punto del cuarto.
—No será necesario.
El suave chasquido de la caja al ceder a mis encantos la hizo sonreír.
—¡Así me gusta! ¿Ves? Te quejas por nada. —Sentí una de sus manos tratando de colarse entre las mías, buscando hacerse con el tesoro—. Vamos a ver que tenemos aquí.
Ya me había imaginado que el señor Blake no había sido un buen chico si habían enviado al perro de Hugh a pasarle revisión. Pero allí dentro había mucho más de lo cabría esperar de un banquero.
—Por lo que veo, no perdía el tiempo.
—Ni nosotros. Nos vamos de aquí. Rápido. —Cerré la caja después de que ella recogiera todo el material. Lo metió dentro de la bolsa y se encamino hacia la salida. Antes de aferrar el pomo con la mano asintió, seria. (Todo el mundo sabe que cuesta menos meter-se en una propiedad privada y burlar sus sistemas de seguridad que salir de ella).
—¿Recuerdas dónde estaban colocadas las cámaras? —Aunque sabía que era una pregunta estúpida, nunca estaba de más asegurarse.
—Me ofendes, perro.
—No era mi intención.
Se acabó el diálogo. Teníamos cosas más importantes de las que encargarnos. Como el animal que nos esperaba al final del pasillo, por ejemplo. Era algo así como un terranova, pero mucho más grande. Gruñía con ferocidad y tenía el pelo erizado a la altura del lomo. Mantenía las patas delanteras flexionadas y nos vigilaba con los ojos, dispuesto a lanzarse en cualquier momento, a desgarrar y a matar. Pero por algún motivo, se quedó esperando con una calma tensa. Entonces lo entendí: era un lobo.
—¿Quién cojones tiene un lobo metido en su casa, eh? Este Blake está mal de la cabeza…
—Cállate, Jazz —la advertí.
El animal nos enseñó los dientes, amenazador. No le gustaba la conversación.
—Y ahora, ¿qué?
—Creo que es hora de que saques la pistola, perrito. O este de aquí te sacará de la manada.
—Menuda manera de malgastar plomo.
Me llevé la mano al interior de la cazadora, con demasiada parsimonia. Estaba claro que el lobo había sido entrenado para reaccionar frente a ese tipo de movimientos sospechosos. Y no se hizo rogar.
De repente, un remolino de pelo negro y colmillos afilados se abalanzó contra mí, prácticamente envolviéndome. Gruñía y vibraba de rabia mientras soltaba dentelladas. Me hubiera alcanzado en la mismísima yugular de no haberme apartado a tiempo. (Bueno, si Jazz no me hubiera empujado).
—¡Mierda, William! —escuché su voz gruñir de la misma manera ronca que lo hacía la del animal. Fue aumentando de intensidad hasta convertirse en un chillido agudo: el lobo se ensañaba con ella. Recibió un par de arañazos en los antebrazos y un mordisco profundo en el costado. Y mientras la sacudía en el aire, logré sacar el arma.
—¡Sal de ahí, joder!
Aullando de dolor, logró golpearle en el hocico con la fuerza justa para que aflojara las mandíbulas. Resbaló entre sus dientes, herida. Se arrastró por el suelo hasta quedar atrapada entre la pared y el cuerpo de la bestia, que volvía a la carga.
No dudé.
Uno. Dos. Tres disparos.
El lobo cayó pesadamente en el suelo, exhalando la última gota de vida que le quedaba en el cuerpo.
—Tenemos que irnos de aquí. Ahora.
—Lo que tu digas —masculló, mientras trataba de ponerse en pie.
—¿Estás bien?
—Haces unas preguntas un tanto estúpidas, perro.
La ayudé a incorporarse, dejando que se apoyará en mí para caminar. Alcé el cañón del arma hacia adelante, tratando de protegernos de cualquier otra sorpresa. Pero no había más lobos en la casa. Ni lobos ni humanos ni nada de nada. Al parecer, aquella era la arma letal de Blake.
—¿Por qué le interesa tanto Blake, a Hugh? —Jazz hablaba con dificultad, mientras salíamos de allí. Caminábamos despacio, casi reptando por suelo con pasos vacilantes, en silencio.
—Shht. Cállate, Dinamita. ¿Tienes idea de lo mucho que estás sangrando?
—Contéstame.
—Creía que ya habíamos hablado de esto.
—¡No me creo nada! Está claro que sabes algo. Tienes que saberlo.
Negué con la cabeza, mientras sorteábamos un charco de petróleo.
—Te lo he dicho miles de veces. Él me da los nombres y yo les pongo cara. Los mato y punto. Nunca me han importado sus motivos o las historias de ellos. No son asunto mío.
—Vete a la mierda.
—Sí, cuando acabemos con esto.
Era una persona curiosa, Jazz.
Puede que tengáis que perdonarme, por la descripción que hice de ella al principio. Podría parecer que la señorita Dinamita era una princesa o algo por el estilo. Pues no. Más bien era como una de esas heroínas de cómic irresistibles y algo peligrosas, o como las protagonistas de videojuegos que siempre hacen lo que les da la gana. Podríamos decir que era una combinación de ambas. Un poco de peligro y mucho de lo que le daba la gana. (Porque estaba claro que no tenía nada de heroína y mucho menos de protagonista. Aunque tal vez sí de irresistible).
La miré de soslayo.
Era alta y esbelta, con un gesto altanero en los ojos. Tenía la mirada parda, además. (Eso y la sonrisa irónica que acostumbraba a esgrimir eran una combinación letal). Se había acostumbrado a teñirse el pelo de color azul eléctrico y a pintarse los labios del mismo color. (Aunque hay que reconocer que, probablemente, era la única persona en todo el mundo a quien le quedaba bien). Vestía ropa ajustada y a la vista parecía ese tipo de chica a la que llaman desvergonzada. Calzaba siempre las mismas botas, esas largas que le llegaban hasta la mitad del muslo y de plataforma.
—¿Y no te das de boca contra el suelo, con esto? —le pregunté un día.
—Yo nunca caigo, perrito.
Puede que si fuera una princesa, aunque sin corona. Una psicodélica y extravagante, con la respuesta perfecta cargada detrás de sus labios y la predisposición a dispararla.
Era una persona curiosa, Jazz.
—Me voy de la ciudad, Fox —soltó con dificultad, mientras el vaho se escaba de su boca.
<<Vaya>>. Jazz Blue solo utilizaba mi apellido cuando se trataba de un tema serio. Tenía el gesto afligido, como si lo que tuviera que decir no fuera para nada agradable.
—Y tienes que venir conmigo.
Me detuve, reteniéndola a ella conmigo.
—¿Qué dices?
Trató de continuar caminando, pero la apreté con fuerza, impidiéndole el movimiento. Busqué sus ojos, pero insistían en ocultarse tras un par de mechones de pelo. Lo aparté de un soplido, frunciendo el ceño.
Su mirada brillaba y sus labios sonreían de esa forma tan siniestra, esa que ponía los pelos de punta y decía: tengo malas noticias para ti, buenas para mí.
—Eres mío, perrito.
Torcí la boca pero no emití sonido alguno.
—¡No me mires así! Sabes que te estoy haciendo un favor.
—¿Y cómo es eso?
—Te he comprado. A Hugh —susurró, con gesto indiferente. Casi podía palpar la emoción con la que bullía su cuerpo entero.
—¿Por qué lo has hecho?
—Estaba harta de tus malditas tareas, perro. De llamarte perro y sobre todo, de que no tuvieras tiempo para mí. Pero ahora eres todo mío. Trabajaremos juntos.
—Pero si ya trabajamos juntos.
—¡Deja de quejarte de una maldita vez, zorro! En tu contracto de por vida está escrito mi nombre ahora, no el de Hugh.
Y me guiñó un ojo, burlona.

Nadie ha perdido la cabeza: en la versión original, nuestro querido Fox perdía la pierna con un balazo de la señorita Blue, pero, me pareció mal para un relato de instituto. Así que haremos como si eso no hubiera pasado y le dejaremos dos bonitas piernas al perro de Hugh. (Por ahora, zorro).