—Estrategia equivocada. Siguiente.


—Vamos con ese directo. Tienes que imaginarte que tu brazo es una flecha. Ahora, ¡lánzala! —Escuché a Alan, desde la esquina, firme y exigente como siempre. La orden llegó a mi mente y acto seguido, disparé el puño. Imaginé que mi cuerpo era un arco tenso y mi brazo, la flecha.
Pero Relámpago era demasiado listo, rápido y experimentado como para dejarse cazar. Esquivó con una velocidad envidiable y se plantó frente a mí en menos de una milésima de segundo. Sabía que el golpe iba a llegarme incluso antes de ver como brillaban sus ojos. Y sabía también, que no iba a poder pararlo. Aún así, traté de frenarlo con la mano.
Inútil.
Sentí su guante aplastándome el estómago, dejándome sin respiración. Un dolor agudo restalló en mi cabeza. Me desvanecí por un segundo, sintiéndome desfallecer. Estaba cansado de recibir todos los golpes en el mismo sitio. <<Seguro que ya me ha hecho un agujero>>.
—¿Qué? ¿Te parece ya un buen momento para cambiar de estrategia o prefieres seguir recibiendo? —Alan continuaba martilleándome con palabras duras, provocando las carcajadas de todos los presentes. Sentí que la humillación me encendía por dentro.
Lancé dos amagos con la izquierda, siguiendo con derechazo, rápido y potente. Relámpago se vio por un segundo apurado, teniendo que agacharse de forma poco elegante y sin equilibrio. Aproveché ese momento para propinarle un golpe en el centro de la cara, sintiendo como mi guante resbalaba bajo el lubricante. Adelanté el otro puño para golpear por segunda vez, pero él ya había tenido tiempo para reaccionar. Se apartó y volvió a disparar contra mi cuerpo. Pero todavía no había acabado con mis planes. Adelanté las piernas para encontrarme directamente con su ataque, saltándome aquel segundo que siempre me tomaba para lamentarme de mi mala suerte y repetí el jab, ésta vez sobre su ceja izquierda.
—¡Eso es! —La voz de Alan me animó todavía más. Roté el cuerpo hacia la izquierda, con un movimiento brusco de cadera y solté la segunda flecha. Le alcancé la barbilla con el gancho.
Sentí una euforia inmensa en mi interior, pero me mantuve atento al combate. No tenía claro si debía ir a rematarlo o dejarle tiempo para que se recompusiera. La lluvia de puños que me cayó acto seguido contestó a mi pregunta. Me golpeó por todo el cuerpo sin parar, como mil aguijones furiosos. Sentí como algo crujía con un sonido horroroso, sobre mi ceja.
Me quedé parado en el sitio, petrificado, mientras Relámpago apartaba el puño de mi cara y se retorcía sobre la lona.
—¡Mierda!
—¡Te he dicho mil veces que te compres unos guantes nuevos, joder! —Alan se abrió paso entre las cuerdas y agarró a Relámpago violentamente del brazo para ponerlo de pie—. No lloriquees y déjame ver eso. —Le arrancó la protección de la mano mientras él aullaba de dolor. Bajo el guante azul aparecieron unos dedos retorcidos de forma horrorosa—. Oh, venga ya. —Chasqueó la lengua y fulminó con la mirada a Relámpago, como si no tuviera bastante—. Grande, haz lo que puedas con él. Y tú Ángel ayuda al chico con la ceja.
<<¿Le pasa algo a mi ceja?>>. Me dolía demasiado el cuerpo como para levantar el brazo y comprobarlo. Además, tenía los músculos entumecidos por aquel último choque. El corazón me latía con fuerza, desbocado.
—Vaya, chico. Le has roto un par de dedos a Relámpago, ¿eh? —Ángel se acercó a mí, hablando con su voz musical y tranquila—. Ya veo que no te andas con chiquilladas. ¿Cómo te llamas?
—Luke. —<<Me niego a que Alan convenza a todos para que me llamen trocito de madera limpiador de dientes>>.
Rió musicalmente. Sin duda, si existieran ángeles, se reirían así. <<Tal vez por eso le llaman Ángel>>.
—Oh, sí. Alan ya me ha hablado de ti: Mondadientes
Bufé, molesto.
Sentí sus manos en la cara, suaves y delicadas, buscando el corte. Aguantó la respiración un segundo, mientras sus dedos se concentraban en un punto. Sentí un pinchazo de dolor. Cogió un trapo y me limpio los restos de sangre seca. Lo miró con detenimiento y tras pasarle un algodón con iodo, me sonrió.
—Esto ya está.
—¿Por qué te llaman Ángel?
Pareció sorprendido por aquella pregunta. Por su cara, consideré que tal vez aquel fuera su verdadero nombre.
—¿No te lo han dicho? —Miró al suelo, entre avergonzado y divertido.
—No, la verdad.
—Bueno, entonces habrá que esperar a que me veas pelear. —Dio por finalizado su trabajo. Me golpeó suavemente en el hombro y me invitó a subir a la lona—. Tu entrenamiento no ha acabado. ¿A quién te apetece lesionar ahora?
El entrenamiento duró una horas más. Jamás, durante aquellos tres meses, me habían apaleado de aquella forma. Todos fueron mucho más rápidos, astutos y sobre todo, desconfiados. Entraban con mucha más fuerza, imparables. Podía ver en sus ojos como creían que, el menor despiste, iba a suponer un gran error. Temían cada uno de mis movimientos fuera de lo común y me vigilaban con atención.
Traté de usar mi creatividad para buscar nuevas formas de sorprender y apresar a mi rival, pero estaban advertidos. Cortaban cualquier iniciativa en seco, con un puñetazo en mitad del pecho o en la cara. Necesitaba ser más rápido.
Pero el cuerpo apenas me respondía. Estaba exhausto y adolorido. Me ardían los brazos y sentía las piernas pesadas y lentas. Incluso pensaba más despacio. Al contrario que mis contrincantes. Cambiaba de oponente cada diez minutos. Se relevaban para destruirme lentamente. Y a cada nuevo encuentro, me sentía más débil y más desganado.
—Vamos, chico. Estrategia equivocada. Prueba otra. —Ángel se había puesto en el lugar de Alan y me susurraba cómo debía enfocar el combate.
Apreté los dientes y los puños. El chico que tenía frente a mí era tan novato como yo, pero tenía un derechazo limpio, potente y además, sabía cómo usarlo. Esperaba el momento oportuno para destrozarme de un solo golpe.
—Estrategia equivocada. Siguiente. —Ángel repetía una vez y otra lo mismo, avisándome cuando hacia pasos en falso. Observé como mi rival se mantenía en tensión, alerta y dispuesto para saltar en cualquier momento. Pero esperaba, esperaba tranquilo y seguro en su posición.
Entonces comprendí: <<No necesito centenares de golpes. Sólo uno lo bastante bueno>>.
Volví a fijarme en la actitud de mi contrincante, pulcra y cuidada. No podía leer nada en su rostro. Ni cansancio, ni nerviosismo, ni ganas de pelea. Nada. Tenía que ser más inteligente que él y tendría que usar mi creatividad para ello.
—Estrategia equivocada. Otra.
¿Se refería a mi inactividad o es que había captado mis pensamientos?
Pero en mi mente había comenzado a idear, a calcular y a buscar alternativas, a un ritmo frenético. Pensaba en cada posibilidad, buscando aquella que pudiera ayudarme a ganar. Un paso hacia la izquierda, un amago y, ¿después? No, probablemente trataría de cortar mi arranque con un puño certero. ¿Y si intentaba algo por su derecha? Parecía estar desatendiendo aquella zona.
Y entonces, sin pensarlo, me lancé a la aventura.
Deslicé un pie suavemente hacia la izquierda, dándole falsas esperanzas a mi oponente. Y mientras él descargaba su brazo derecho sobre el aire, yo me moví, raudo, hacia su derecha. Esquivé su ataque y me coloqué a su espalda. Lo golpeé una, dos, tres veces. Y cuando se dio la vuelta continué golpeando, moviéndome de derecha a izquierda para evitar sus puños letales.
Y al final, cayó.
—Bravo, Luke. Estrategia correcta.

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