En realidad, los monstruos habitan en nosotros a todas horas y atacan en todo momento, ya sea de noche o de día. Para ser francos, no tienen predilección alguna por las horas que fraccionan esta invención llamada tiempo, no entienden ni de minutos ni de segundos. Pero tienden a acechar con mayor violencia por la noche, que es cuando llegamos a sentirnos más solos, tristes, miserables y más se nos amontonan los problemas.
Y mis monstruos siguen aquí, acurrucados a los pies de mi cama, velando mi insomnio, llenándolo todo con su presencia y esta peste nauseabunda.
A veces no hacen nada. Se quedan ahí, sin decir palabra, sin moverse, mirándome. Otras me tiran del pelo, me destapan y me pellizcan. Me incordian, pero a final, cuando se cansan, me dejan dormir.
Las peores horas suceden cuando hablan. Tienen bocas crueles que escupen veneno y clavan cuchillos. Y no me dejan dormir. Me ahogan, me atrapan en mi propio interior, carcomiendo mi mente, llenándome de dudas. Me torturan, me destrozan. Transforman todo aquello que me ilusiona y me motiva en algo neutro y vacío de sentimiento. Y lo malo en algo peor. A veces incluso se quedan hasta el amanecer para darme los buenos días, dejándome destemplada.
Aquí están mis monstruos. Aquí está él.
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Cántale al diablo.
Hago las cuentas y reviso los números.
Me amontono los problemas.
Suspiro. Me muerdo el labio, relajo el cuerpo. Tenso los músculos de los brazos, aprieto los dientes.
Me levanto. Estoy incómoda.
Vuelvo a sentarme y me revuelvo entre las sábanas.
El sueño no llega. El muy cabrón me vuelve a dejar tirada.
No pasa nada, me digo. Pero sí que pasa, joder.
Intento relajarme. Me concentro en mi respiración, esperando el momento para desconectar.
No llega. No llega. No llega.
No puedo apagarme. No puedo descansar. No puedo dejar de estar despierta. No puedo.
Y toda la mierda sigue en mi cabeza. Constante, sin separarse un instante de mí, sin dejarme respirar. Todos los pensamientos, todas las preocupaciones. Todo.
Vete a la mierda, noche. Y acábate de una puta vez.
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