Camina con los brazos cruzados por la calle, mirando al suelo. Se siente insegura, pero finge. Necesita ayuda, pero no la pide. Sabe que la necesita, pero se engaña. Se maquilla para ocultar sus mayores temores y se viste como el resto para confundirse en el ambiente. No importan lo descabellado que sea, ella lo hace. A veces quiere llamar la atención, otras solo quiere desaparecer. Ríe de forma ruidosa, atrayendo miradas. Se busca problemas y llora cuando los encuentra. Tiene la necesidad de sentirse querida constantemente, de ser el centro y de formar parte de algo. Cotillea como cualquier otra, la clava por la espalda como ninguna. Malinterpreta y tuerce las palabras a su favor, es amiga de todos si interesa. Se pone a la defensiva y se da por aludida cuando alguien dice zorra. Da un calo a ese porro para que le sonrían, se envenena con droga para seguir el ritmo. Cree estar a la altura, cuando solo es un número borroso en el listín telefónico de alguien. Esa persona a la que llamas si ya has perdido toda posibilidad de plan. Esa que dejas para el final, como última opción. Esa que siempre está detrás de ti, afinando el oído y afilando el cuchillo. Esa cuyo nombre va acompañado de problemas. A veces incluso se permite ser ella misma. Por un segundo se quita la venda de los ojos y se da cuenta de que está completamente sola. Antes de dormirse, da un par de vueltas sobre la cama, sin llegar a conciliar el sueño. Llora por su desgracia y se autocompadece, sin suficiente fuerza de voluntad como para cambiar. (Y a la mañana siguiente vuelve a ir maquillada).
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