Make you feel my love.


A veces me permito imaginarme a mi propio príncipe azul. A veces me permito divagar y soñar, fantasear y volar hasta estar muy por encima de las nubes, directa a mi pedazo de cielo. (A veces el exceso de novelas románticas y de caballería me pasa factura).
Me dijeron una vez que sólo somos capaces de hacer aquello que somos capaces de soñar. Y soñar es, tal vez, lo más barato de este mundo. (Soñar, que no ilusionarse).
Pero he cometido un pequeñísimo error; un fallito de nada (me he ilusionado).
No hay sitio en el cielo para las ilusiones, me temo. Ni un cacho de nube. Las ilusiones son para los caídos, esos que están pegados al suelo y han perdido sus alas. Para ellos está ese método de pérdida de tiempo. Y cuando esas ilusiones se rompen, acaban en el subsuelo, bailando en los círculos del infierno. (Qué fácil el descenso y que difícil la remontada).
Vamos a ser personas inteligentes. Vamos a fabricar sueños (ese proceso mediante el cual se hacen realidad nuestras expectativas) y vamos a perder esa malsana costumbre de ver la vida pasar sentados, alimentándonos a base de ilusiones.
¿Sabéis que son? Las ilusiones, digo. Son… Son mentiras maquilladas. Maquilladas de fantasía y un poco de surrealismo. (Además de una gran dosis de vaguería). Porque, por si nunca os habíais fijado, los caídos se limitan a anidar esperanzas y a esperar milagros. Y bien es sabido que los milagros no existen.
No insistas, pequeño ilusionado: pese a que la esperanza es lo último que se pierde, es una mala fórmula. (Y al otro lado del igual está el error).

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