Estoy incondicional y perdidamente enamorada de esta piedra. Sin duda. Es una relación complicada y poco estable. En apariencia, no puedo vivir sin ella. Aunque en realidad me mata y deseo dejarla atrás cuanto antes. ¿Por qué entonces, vuelvo siempre? Incoherencias de la humanidad. De la adolescencia.
(Recuerdo que una vez probé a patearla. ¿Resultado? Fue a caer unos metros más adelante. No te quepa duda; volví a tropezar).
He buscado mil maneras de deshacerme de ella. Y ninguna da resultado. Es desesperante la forma en que todo converge allí mismo, sobre la maldita piedra. Ella resume todos mis errores y los aglutina. Todos con el mismo punto de inicio y final.
Que camino más aburrido, el mío. (No pasa demasiado tiempo hasta que la historia vuelve a repetirse. Como una función periódica).
¿Y si la solución no es quitarla de ahí? ¿Y si se trata simplemente de aceptarla? (Aunque tampoco voy a aguantar tener que darme de bruces contra el suelo una y otra vez). Tal vez todo consista en comprender que su función es estar ahí. Dejarla en paz. Rodearla, saltarla, esquivarla. O simplemente, ignorarla. (O tal vez bastaría levantarme después de caer con una sonrisa). Pero, ¿y si no hay solución?
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