C’mon call me bonita.


¿Os da miedo decir lo que pensáis? ¿O pensáis lo que decís? (No importa. He llegado a mi tope. Podría decirse que la gota que colma el vaso tiene nombre propio). ¿Os da miedo no encajar, no poder rajar de alguien, no tener conversación, no ser interesantes? ¿os da miedo lo que digan de vosotras? Pues ya dicen, bonitas. Ya dicen.
(Cuanta envidia, cuanto miedo, cuanta inseguridad, cuanto odio contenido, cuanta zorra). ¡Cuánta gente imbécil!
¿Qué hay que hacer para que cada uno se encargue de lo suyo? (Que ya tenéis bastante, creedme). Debería inventarse la píldora de la madurez instantánea. O un silenciador de zorras.
(Y tú que crees que te salvas, te equivocas; tanto chuparla no podía darte buena reputación. Y tú que parecías una mosquita muerta ya te has cargado la vajilla. ¿Y tú? Da igual todo lo que intentes: aunque la zorra se vista de seda, zorra se queda).

La verdad era la duda. Duda que todo cambió.

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