De cómo un perro salió de caza y volvió convertido en un zorro.
—¿Esto no se acaba nunca o qué?
Pude ver uno de sus rizos azules brillar en la oscuridad. Notaba su
aliento cálido sobre la nunca y sus manos removiéndose cerca de mí, forcejeando
con la caja fuerte.
Algunos la llamaban Dinamita. Y aunque no era su nombre, sí era un mote
bastante acertado. Ella siempre había sido como una explosión, un estallido de energía
y magia. Tenía un no sé qué especial que la caracterizaba y la hacía diferente
al resto.
Jazz siempre fue una persona curiosa.
—Mueve el culo!
—No me presiones, Jazz.
—Molestas, apártate.
—¿Crees que la vas a abrir con las uñas? Déjame trabajar tranquilo.
—Que te jodan.
Resopló y se hizo a un lado, dejándome vía libre para poder manejar
aquella pequeña caja de Pandora. Iluminé el sistema de abertura con la
linterna. Acto seguido se me cayó el alma a los pies.
—Y te dijeron que esto sería fácil?
—Pan comido.
La apunté con la luz, arqueando una ceja.
—¿Tienes idea de cómo funcionan estas cosas? —Señalé a mi espalda con
el pulgar, donde el reto de discos y contraseñas numéricas esperaba en
silencio, prácticamente riéndose de mí.
Se encogió de hombros como toda respuesta.
Fruncí los labios, mientras le daba la espalda. Ella comenzó a moverse
por toda la habitación, revolviendo los cajones y hurgando dentro de los
armarios. Provocando un gran estruendo, como de costumbre.
—Jazz, ¿quieres hacer el favor de no tocarme las narices?
—¿Te quieres callar?
Diálogos rutinarios, claro. Ya que a mí jamás me
importó el ruido que hiciera i a ella nunca le importo lo que tuviera que
decirle. Así que seguimos cada uno a lo nuestro, como si no hubiéramos dicho
nada.
—Partiré esa maldita roca de hierro, si hace falta —la escuché
refunfuñar entre dientes, desde algún punto del cuarto.
—No será necesario.
El suave chasquido de la caja al ceder a mis encantos la hizo sonreír.
—¡Así me gusta! ¿Ves? Te quejas por nada. —Sentí una de sus manos tratando
de colarse entre las mías, buscando hacerse con el tesoro—. Vamos a ver que
tenemos aquí.
Ya me había imaginado que el señor Blake no había sido un buen chico si
habían enviado al perro de Hugh a pasarle revisión. Pero allí dentro había
mucho más de lo cabría esperar de un banquero.
—Por lo que veo, no perdía el tiempo.
—Ni nosotros. Nos vamos de aquí. Rápido. —Cerré la caja después de que
ella recogiera todo el material. Lo metió dentro de la bolsa y se encamino
hacia la salida. Antes de aferrar el pomo con la mano asintió, seria. (Todo el
mundo sabe que cuesta menos meter-se en una propiedad privada y burlar sus
sistemas de seguridad que salir de ella).
—¿Recuerdas dónde estaban colocadas las cámaras? —Aunque sabía que era
una pregunta estúpida, nunca estaba de más asegurarse.
—Me ofendes, perro.
—No era mi intención.
Se acabó el diálogo. Teníamos cosas más importantes de las que
encargarnos. Como el animal que nos esperaba al final del pasillo, por ejemplo.
Era algo así como un terranova, pero mucho más grande. Gruñía con ferocidad y
tenía el pelo erizado a la altura del lomo. Mantenía las patas delanteras
flexionadas y nos vigilaba con los ojos, dispuesto a lanzarse en cualquier
momento, a desgarrar y a matar. Pero por algún motivo, se quedó esperando con
una calma tensa. Entonces lo entendí: era un lobo.
—¿Quién cojones tiene un lobo metido en su casa, eh? Este Blake está
mal de la cabeza…
—Cállate, Jazz —la advertí.
El animal nos enseñó los dientes, amenazador. No le gustaba la
conversación.
—Y ahora, ¿qué?
—Creo que es hora de que saques la pistola, perrito. O este de aquí te
sacará de la manada.
—Menuda manera de malgastar plomo.
Me llevé la mano al interior de la cazadora, con demasiada parsimonia.
Estaba claro que el lobo había sido entrenado para reaccionar frente a ese tipo
de movimientos sospechosos. Y no se hizo rogar.
De repente, un remolino de pelo negro y colmillos afilados se abalanzó
contra mí, prácticamente envolviéndome. Gruñía y vibraba de rabia mientras
soltaba dentelladas. Me hubiera alcanzado en la mismísima yugular de no haberme
apartado a tiempo. (Bueno, si Jazz no me hubiera empujado).
—¡Mierda, William! —escuché su voz gruñir de la misma manera ronca que
lo hacía la del animal. Fue aumentando de intensidad hasta convertirse en un
chillido agudo: el lobo se ensañaba con ella. Recibió un par de arañazos en los
antebrazos y un mordisco profundo en el costado. Y mientras la sacudía en el
aire, logré sacar el arma.
—¡Sal de ahí, joder!
Aullando de dolor, logró golpearle en el hocico con la fuerza justa
para que aflojara las mandíbulas. Resbaló entre sus dientes, herida. Se
arrastró por el suelo hasta quedar atrapada entre la pared y el cuerpo de la
bestia, que volvía a la carga.
No dudé.
Uno. Dos. Tres disparos.
El lobo cayó pesadamente en el suelo, exhalando la última gota de vida
que le quedaba en el cuerpo.
—Tenemos que irnos de aquí. Ahora.
—Lo que tu digas —masculló, mientras trataba de ponerse en pie.
—¿Estás bien?
—Haces unas preguntas un tanto estúpidas, perro.
La ayudé a incorporarse, dejando que se apoyará en mí para caminar.
Alcé el cañón del arma hacia adelante, tratando de protegernos de cualquier
otra sorpresa. Pero no había más lobos en la casa. Ni lobos ni humanos ni nada
de nada. Al parecer, aquella era la arma letal de Blake.
—¿Por qué le interesa tanto Blake, a Hugh? —Jazz hablaba con
dificultad, mientras salíamos de allí. Caminábamos despacio, casi reptando por
suelo con pasos vacilantes, en silencio.
—Shht. Cállate, Dinamita. ¿Tienes idea de lo mucho que estás sangrando?
—Contéstame.
—Creía que ya habíamos hablado de esto.
—¡No me creo nada! Está claro que sabes algo. Tienes que saberlo.
Negué con la cabeza, mientras sorteábamos un charco de petróleo.
—Te lo he dicho miles de veces. Él me da los nombres y yo les pongo
cara. Los mato y punto. Nunca me han importado sus motivos o las historias de
ellos. No son asunto mío.
—Vete a la mierda.
—Sí, cuando acabemos con esto.
Era una persona curiosa, Jazz.
Puede que tengáis que perdonarme, por la descripción que hice de ella
al principio. Podría parecer que la señorita Dinamita era una princesa o algo
por el estilo. Pues no. Más bien era como una de esas heroínas de cómic
irresistibles y algo peligrosas, o como las protagonistas de videojuegos que
siempre hacen lo que les da la gana. Podríamos decir que era una combinación de
ambas. Un poco de peligro y mucho de lo que le daba la gana. (Porque estaba claro
que no tenía nada de heroína y mucho menos de protagonista. Aunque tal vez sí
de irresistible).
La miré de soslayo.
Era alta y esbelta, con un gesto altanero en los ojos. Tenía la mirada
parda, además. (Eso y la sonrisa irónica que acostumbraba a esgrimir eran una
combinación letal). Se había acostumbrado a teñirse el pelo de color azul
eléctrico y a pintarse los labios del mismo color. (Aunque hay que reconocer
que, probablemente, era la única persona en todo el mundo a quien le quedaba
bien). Vestía ropa ajustada y a la vista parecía ese tipo de chica a la que
llaman desvergonzada. Calzaba siempre las mismas botas, esas largas que le
llegaban hasta la mitad del muslo y de plataforma.
—¿Y no te das de boca contra el suelo, con esto? —le pregunté un día.
—Yo nunca caigo, perrito.
Puede que si fuera una princesa, aunque sin corona. Una psicodélica y
extravagante, con la respuesta perfecta cargada detrás de sus labios y la
predisposición a dispararla.
Era una persona curiosa, Jazz.
—Me voy de la ciudad, Fox —soltó con dificultad, mientras el vaho se
escaba de su boca.
<<Vaya>>. Jazz Blue solo utilizaba mi apellido cuando se
trataba de un tema serio. Tenía el gesto afligido, como si lo que tuviera que
decir no fuera para nada agradable.
—Y tienes que venir conmigo.
Me detuve, reteniéndola a ella conmigo.
—¿Qué dices?
Trató de continuar caminando, pero la apreté con fuerza, impidiéndole
el movimiento. Busqué sus ojos, pero insistían en ocultarse tras un par de
mechones de pelo. Lo aparté de un soplido, frunciendo el ceño.
Su mirada brillaba y sus labios sonreían de esa forma tan siniestra,
esa que ponía los pelos de punta y decía: tengo malas noticias para ti, buenas
para mí.
—Eres mío, perrito.
Torcí la boca pero no emití sonido alguno.
—¡No me mires así! Sabes que te estoy haciendo un favor.
—¿Y cómo es eso?
—Te he comprado. A Hugh —susurró, con gesto indiferente. Casi podía
palpar la emoción con la que bullía su cuerpo entero.
—¿Por qué lo has hecho?
—Estaba harta de tus malditas tareas, perro. De llamarte perro y sobre
todo, de que no tuvieras tiempo para mí. Pero ahora eres todo mío. Trabajaremos
juntos.
—Pero si ya trabajamos juntos.
—¡Deja de quejarte de una maldita vez, zorro! En tu contracto de por
vida está escrito mi nombre ahora, no el de Hugh.
Y me guiñó un ojo, burlona.
Nadie
ha perdido la cabeza: en la versión original, nuestro querido Fox perdía la
pierna con un balazo de la señorita Blue, pero, me pareció mal para un relato
de instituto. Así que haremos como si eso no hubiera pasado y le dejaremos dos
bonitas piernas al perro de Hugh. (Por ahora, zorro).
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