Zorros y manzanas.


—Hola.
—Hola, zorro.
—Vaya. ¿Dónde queda el perro?
—Lejos. ¿Sabes? Un zorro corre más.
—No me hace falta correr.
—Di mejor que no puedes.
—Todavía te debo un tiro por eso, ¿recuerdas?
—Siento lo de tu pierna.
—Vamos, no digas que lo sientes si no es verdad.

Jazz Blue estaba preciosa aquella noche. Lo era, en realidad. Tenía unos ojos grandes y absorbentes, de un color miel encantador (casi tanto como su manera de mirar). Unos labios carnosos y rojos que esgrimían sonrisas irónicas a todas horas y dejaban escapar carcajadas hechizantes. Además de aquellas curvas de infarto, las piernas kilométricas y los movimientos de gata silvestre. Era una explosión de pasión vibrante. Y era mortal.

—En realidad, yo te debo más tiros. Uno entre ceja y ceja, para ser concretos.
Era puro veneno.

A William Fox nunca lo habían amenazado de muerte. Llevaba toda una vida siendo el perro de Hugh. Y no quedaba nadie en la ciudad que no temiera su nombre. Era el mejor asesino a sueldo de todo el condado Oeste, y probablemente también lo sería del Este; y sin embargo, allí estaba ella. Su talón de Aquiles, su caja de Pandora, el caballo de Troya. Aunque, para ser exactos con las comparaciones, una Helena de Troya sería más puntual.

—Has perdido facultades, perro.
—Cállate, Hugh. Ya no trabajo para ti.
—No importa. Estás acabado como asesino.
—Podría hacerte cambiar de opinión.
—Podrías. Pero el hecho de que no vayas a hacerlo ya me dice bastante.
—¿Quién te dice que…?
—Déjate de chorradas y llévate a esa putita de aquí. La quiero fuera de mi vista.
Aunque Jazz sí hubiera sido capaz de volarle la tapa de los sesos, prefirió desaparecer. A saber cuántos sicarios tenía bajo sus órdenes, dispuestos a fusilarlos al mínimo movimiento sospechoso. En el fondo, Hugh siempre había sido poderoso. Tal vez de ahí que todo el mundo temiera a su perro.

—¿Te arrepientes de haber venido conmigo?
Jazz tenía los ojos entrecerrados, mientras escrutaba el rosto de Fox en busca de alguna respuesta. No la encontró, claro.
—Te he hecho una pregunta.
—Me arrepiento de que me dejaras cojo.
—Eso no contesta a mi pregunta.
—Pero es una respuesta bastante buena, ¿no crees?
No, por supuesto que no lo creía. Pero Jazz no iba a demostrarle hasta qué punto necesitaba que un <<no>> saliera de su boca. No iba a mostrarse débil.
Además, ya sabía la respuesta. 

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