Y me convence el recuerdo, me vence. Derriba todos mis
esfuerzos, se lleva todo mi empeño. Me desviste de toda esta pretensión, toda la
convicción y toda la seguridad. Y a la vista y sin toda la armadura, mi piel es
más blanca, más sincera. Supongo que en el fondo, siempre has tenido la habilidad
para ganarme. (Recuérdame que te agradezca que la usaras solo de vez en cuando).
Porque la admiración y el respeto pueden siempre más que las amenazas o el miedo.
En contrapunto, él es como un rayo de sol. Todo aquello que siempre hubiera querido
como mío, como una parte más cercana de mi vida. Pero me conformaré. Lograré aprender
de él, de todo lo que me enseña día a día, del esfuerzo y la dedicación, de su sonrisa
y el orgullo de su mirada, de su felicidad al ver que algo sale bien. De la satisfacción,
sobretodo. De su reconocimiento, de esa palmadita en la espalda, de su apoyo, de
su ánimo. De su jodida habilidad por empujarme pase lo que pase, de encontrar las
palabras adecuadas, el gesto justo para ayudar a levantarme. A seguir intentándolo,
como olas que van a parar a la playa, que erosionan sin detenerse una detrás de
la otra. Pero las olas no serían sin viento.
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