De cómo Roxanne se deshizo de Jeremy.



—¿Roxanne? Roxanne, ¿has visto esto?
—Deja de armar tanto escándalo, bastardo inútil. ¿Qué quieres que vea?
—Es su diario. El diario de Águila ciento cincuenta y cuatro. Es su maldito diario.
—¿Qué dices? ¿Has perdido el juicio? Déjame verlo.

(…)

—Por todos los demonios es realmente su… Por todos los demonios.
—Te lo he dicho, estúpida.
—Firma como Wild. ¿Quién cojones es Wild?
—Tal vez era su mote.
—¿Para qué querría Águila número ciento cincuenta y cuatro un mote, bastardo inútil?
—Y yo que sé.
—Tenemos que enseñarle esto a Escalador.

(…)

—¡Al contrario! ¿No recuerdas las historias? ¡No debemos hacerlo! Tenemos que quedarnos esto. Tenemos que esconderlo, tenemos que protegerlo. Este será un buen lugar…
—Dame eso ahora mismo si no quieres que te abra la puta cabeza contra el suelo, bastardo inútil. ¿Pretendes ocultarle secretos a Escalador? ¿Es que has olvidado de quién estamos hablando? No hagas tonterías, Jeremy. Dame el diario.
—¡NO! ¡No lo entiendes! Escalador nunca comprenderá que…

(…)

—Vaya, Jeremy. Debiste hacerme caso. Pobrecito, míralo. Incluso muerto sonríe. Bastardo inútil.
(Sin duda, aquello le ayudaría a que Escalador la viera con mejores ojos. Quizás incluso, le contaría más sobre los Siete. Tenía unas ganas terribles de saber. Qué ingenua, ella. Iba a venderle los secretos de todas las Águilas por un par de cuentos de vieja).

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