Cada una de las personas que pasan por nuestra vida dejan huella. Por pequeño que sea el espacio de tiempo que están con nosotros, nunca falla un rastro de su presencia. Aunque puede ser minúscula y tener un efecto casi invisible, también podría ser una pisada enorme que nos marcase de por vida. Con tan solo un par de segundos, alguien es capaz de cambiar nuestra impresión del mundo por completo.
Estamos hechos de esas marcas y de esas impresiones. La gente entra y sale con los zapatos manchados de barro, dejando un camino recorrido en nuestro interior. Y pobre de aquel que se dedique a borrar las pisadas en vez de intentar aprender de ellas. Con lo fácil que sería no tener que repetir algo doloroso nunca más (y tener la fórmula para que algo bonito sí se reprodujera infinitamente).
Supongo que casi después de un año, no me he atrevido a borrar esas huellas. No porque me hayan enseñado nada, claro, si no porque estoy segura de que me irá bien tenerlas ahí, como referencia.
Lo llaman experiencia. (Aunque yo me he encariñado y le he puesto piedra. Que loco anda el mundo, ¿eh?)
No hay comentarios:
Publicar un comentario