Wild
observó cómo sus guerreros iban cayendo uno a uno, bajo los cañones de uranio. Desatendió
la batalla durante un par de segundos y observó el panorama, perdiendo el
aliento. Los suyos caían a decenas, cientos. Con cada nueva embestida de los
Legionarios, se iban hundiendo. Las Águilas se morían. El legado se derrumbaba.
Y su mundo con él.
—¡¡RETIRADA!!
Un cuerno de guerra sonó a su espalda. Por algún motivo, aquello la
enfureció. <<Cuernos de guerra. Como malditos salvajes>>. Levantó
el arma y apuntó a los puntos ciegos de la armadura de uno de los Legendarios.
La distancia la traicionó y la bala rebotó contra la perfecta coraza de su
rival. El impacto llamó su atención y un par de ojos rojos como la lava se
clavaron en ella.
Sintió el peligro como un ramalazo golpeándole la espalda.
—¡¡RETIRADA!! —gritó una vez más, antes de lanzarse a la carrera.
Escuchó como las armas cargaban de nuevo, directamente contra ella.
Casi incluso sintió burbujear el uranio en las cápsulas, antes de que la
combustión se originara.
Y de pronto, algo le golpeó la espalda. Sintió un dolor agudo, además
de frío y calor al mismo tiempo. ¿Dolía o era agradable? Le quemaba la piel. Le
estaba comiendo hasta el tuétano de los huesos.
—WILD. WILD. NO, JODER. WILD.
Escuchó voces lejanas gritando su nombre. Incluso llegó a sentir unas
manos aferrándole el cuerpo con fuerza, sacudiéndolo. Algo fresco le recorrió
la espalda y la nuca, algo claramente reparador.
Entonces lo sintió. A contrapunto de aquel líquido balsámico, el dolor.
Intenso y horroroso. Como una criatura de fuego que le mordía la espalda con
dientes de magma y se hundía hasta sus entrañas. Parecía que Cerbero se había
montado sobre ella y se dedicaba a arañarle las costillas. Quería su corazón.
Quería arrancarle los pulmones y llevarse su corazón consigo.
Profirió un grito, aunque ni ella misma llegó a oírlo.
—¡Águilas, reagruparos!
¿Cuántos quedarían? ¿Mil de ellos? ¿Dos mil, tal vez? Nada, no les
quedaba nada. ¿Qué sería del país sin Águilas que purgasen? Iba a infestarse de
toda esa escoria, de Legendarios y sobre todo, de traidores.
Su legado se hundía en la tierra, se desmoronaba. Sus cimientos se
partían como si estuvieran hechos de hielo quebradizo. Y no había nada que ella
pudiera hacer. No podrida y destrozada como estaba.
La
Águila número ciento cincuenta y cuatro había caído.
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