Tenía
ganas de escribir sobre ti.
¿Sabes?
El otro día alguien me dijo que, cuando se enfada con una persona, no le
escribe. No se molesta ni un segundo en malgastar su tiempo escribiéndole.
Vamos a dejar una cosa clara, príncipe de traje rasgado: no es por ti. Es por
mí. Tú sabes de lo que hablo, no pongas esa cara. Te expresas de la misma
manera.
Me
sale un, ¿de qué vas?, casi sin pensarlo. Pero voy a intentar ser más correcta,
puesto que es un texto escrito. Ets subnormal o quin mal pateixes? (Millor,
veritat?)
Tengo
ganas de decirte muchas cosas, pero en el fondo me da miedo perderme tus
promesas. Principito, eres muy hábil con las palabras. Y eso me molesta. Dime,
¿es eso lo que hago contigo? Jamás traté de manipularte. Jamás quise tu interés
ni tu preocupación, solo alguien con quien divagar. Pero tú juegas y usas las
letras para dominar, para despertar sensaciones y emociones. Creas ilusiones de
sentimientos que sé que no están allí. Incluso llegas a creerte tus propias
mentiras. (¿Acaso no es esa una de las normas del decálogo del buen mentiroso?
Nunca llegues a creer realmente en lo que dices o estarás perdido y acabado).
Mentiroso.
Que mal sabe la palabra en la boca. Dan ganas de escupírtela en la cara y dar
media vuelta. O no. Tal vez me quedaría para ver tu reacción. O tal vez jamás
llegue a decírtelo y acabe saliendo de la boca de alguien que realmente te
importa. Y te destroce.
Promesa.
Deja un regusto amargo en los labios. Y al tragártela es todavía peor, sobre
todo si llegas a confiar en ella. Porque te ahoga.
Estoy
cansada de mentiras y de promesas, y más aún si van juntas en la misma frase. Estoy
cansada de que pienses que puedes hacer lo que te dé la gana, que eres
encantador. Eh, Principito, no lo eres. Solo uno más de esos capullos que hay
que tragarse para poder sentir mariposas.
(No
vuelvas a llamarme princesa, por cierto. No vuelvas a decir que me quieres).
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