En la anatomía de esos segundos.


¿Sabes, qué Draco? Estoy jodida.
¿Qué coño dices? No tienes ni idea, salvaje. Que más quisieras estar tú jodida. Así tendrías algo a lo que echarle las culpas. Estás demasiado amargada como para darte cuenta de nada. Abre los putos ojos.
Y luego sonrió de aquella forma rota que tanto le dolía a Wild.  Sabía que tenía razón y eso le molestaba, pero era mucho peor verle así. Estaba derrotado. Y esa sonrisa era su manera de mostrarle al mundo que lo había aceptado. Draco se retiraba.
—¿Qué se supone que voy a hacer ahora?
Se sentó en el suelo, sin prestarle atención a la docena de hombres armados que la miraban, expectantes, apuntándola con el cañón de sus armas directamente a su cabeza. 
—¿Que qué vas a hacer? Salvarnos el culo, Wild. Lo de siempre.
—Habla bajito, van a oírte.
Draco rió por lo bajo, casi ahogando el aire en su garganta. Pero no lo suficiente.
Uno de los judíos le golpeó la cabeza con la culata de su pistola y lo tumbó al suelo. Él soltó una especie de gruñido y se esforzó por incorporarse. El soldado le pateó el estómago y le escupió encima, sobre la espalda.
—Putos cabrones…
—Levántate, Draco. Nos vamos de aquí.
Y para cuando el Águila alzó la vista, Wild ya estaba de pie, tan gloriosa e imponente como la recordaba. Con esa sonrisa que tanto la caracterizaba, esa que prometía más de lo que podía conseguir. Pero ella jamás decepcionaba a nadie.
Y, sin saber cómo, en no muchos segundos, ambos salieron de allí sin un solo rasguño, con el paso tranquilo, un cigarrillo en los labios y el bar más próximo en mente.
Y en la anatomía de esos segundos encontramos muerte y descuartizamiento, camelos y un par de sonrisas, una puñalada trapera y mucho zorreo. El Águila ciento cincuenta y cuatro no estaba donde estaba por sus juegos, pero qué coño, ayudaban. 

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