Me paro un segundo y me doy cuenta de que nada de lo
que veo es lo que quiero. Retrocedo un par de pasos y me meto en un callejón
sin salida, esperando a que los acontecimientos no logren seguirme. Una y otra
vez, esa piedra me barra el camino, el de la dirección correcta. Así que podríamos
decir, al menos, que no tropiezo. (Aunque quien sabe, tal vez un encuentro con
el suelo me iría bien).
También tengo claro que sí soy capaz de cambiar de
opinión tan radicalmente en tan solo tres segundos, no es para tanto. Así que
en consecuencia, no vale la pena. (Pero, espera, dame tres segundos más).
Tal vez todavía estoy esperando a que las decisiones
me exploten contra el pecho, de repente. Puede que en el fondo, solo espero a
que alguien decida por mí. Y también está el hecho de que, en caso de que alguien decidiera en mi lugar,
se lo recriminaría toda una vida. (Pero así de complicada es la situación. Un
dédalo).
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