Desde pequeños nos han enseñado a automotivarnos, a sentir curiosidad, a ser emprendedores y a actuar por nosotros mismos. A trabajar para conseguir resultados y a no depender de nadie. A no desanimarse, a ir progresando poco a poco. Pero pasa que a veces nos sentimos solos. Solos y frustrados, desesperados, agotados, turbados y con ganas de tirar la toalla. A veces lo único que necesitamos son unas palabras de aliento, una palmadita en la espalda, un empujón, un grito de ánimo. Un algo que nos diga que seguimos ahí, que mejoramos, que nos tienen en cuenta, que nos apoyan, que están con nosotros.
Pero, ¿qué pasa cuando no tienes a nadie? Se pueden seguir dos caminos; uno es la retirada, vergonzosa y fácil. El otro es presentar la caballería, dura y difícil de mantener. El primero te brinda tiempo para gastarlo en otras cosas, el segundo te recompensa y te hace sentir realizado. Me imagino que debería ser más fácil no tener a nadie y que el resto estuviera como tú. Es fácil comprender el desánimo experimentado cuando ves que todo el mundo se apoya y se ayuda, y tú por algún motivo, no entras en ese grupo. Dejando de lado los motivos de esa exclusión, ¿qué haces? ¿Retrocedes con toda tu caballería y huyes? ¿O sigues adelante, cruzando arenas movedizas? (Sigue. Sigue siempre adelante).
Gràcies, Tito, per sortir del no res i ajudar-me. Diven que sap més el diable per vell que per diable. M’agradaria saber si em vares veure necesitada o si simplement captares potencial. En qualsevol cas, no importa; pens esforçar-me al màxim i donar el millor que tenc cada dia. Aplicaré tot el que m’ensenyes, totes ses tevés estratègies de lobo de mar i aniré cresquent poc a poc. (No fallaré).
No hay comentarios:
Publicar un comentario