What a day for a day dreamer!

What a day for a day dreamer!

A Jack London, inspiración.

Dicen que no existen ni las casualidades ni las coincidencias. Dicen que todo pasa por un motivo y con una finalidad. El único problema es no saber cuál es esa finalidad. Aunque para Vivianne Bell, aquel misterio encerraba la belleza de la vida.
Cada noche, después de un día intenso y lleno de aventuras, se iba a la cama, impaciente por despertarse a la mañana siguiente con dos únicas certezas: que iba a salir el sol y que iba a ponerse. Todo lo demás estaba por ver. El resto aguardaba ahí fuera, dispuesto a sorprenderla cuando menos se lo esperase.
Soñaba en color. Viajaba a mundos fantásticos y míticos, llenos de criaturas extraordinarias jamás imaginadas; continuaba sus aventuras incluso dormida. Conocía a personajes pintorescos que le enseñaban una lección diferente cada noche. Apreciaba la belleza de una forma distinta y experimentaba sensaciones nuevas.
Al alba los rayos del sol jugaban a hacerle cosquillas en las mejillas y despertaba, con una gran sonrisa. <<Qué va a ser hoy, ¿eh?>>. Se desperezaba con rapidez y se calzaba las botas de viaje.
Había oído decir que, para lograr resultados diferentes, había que hacer cosas diferentes. Así que cada día actuaba de una forma nueva. Se vestía de forma diferente, caminaba de forma diferente, sonreía de forma diferente, vivía de forma diferente. Y por el momento su plan daba resultado. Día a día, iba descubriendo más y más del mundo por el que caminaba. Aprendía sobre las criaturas, sobre las plantas, sobre la tierra. Absorbía los conocimientos durante el día para luego plasmarlos en sus sueños por la noche.
Todo iba bien hasta que un día, dejó de llegar el día.
Al despertarse, todo restaba inmóvil, sumido en una profunda y recelosa oscuridad. ¿Dónde estaban sus certezas? Debía salir el sol para luego ponerse. Debía faltar poco. Vivianne pensó en quedarse despierta. <<Jamás he visto amanecer el día>>. Y esperó. Esperó horas y horas, prácticamente sin parpadear. Pero el sol no llegó a despertarla de aquella horrible pesadilla. Lo cierto es que la pequeña Vivianne jamás había tenido un mal sueño.
<<¿Qué voy a hacer ahora?>>. Aquella gran esfera de luz y calor siempre había sido su inspiración, su fuente de alegría. ¿Tal vez sería una nueva forma de actuar? Sin duda obtendría resultados diferentes.
Trató de tomarse aquello como algo positivo. Duró apenas cinco minutos engañada. ¿Cómo iba a ser eso positivo? Imposible. ¿Cómo iba a vivir sin el sol? No veía a más de medio metro de sus narices; no lograría saber adónde se dirigía ni tampoco cómo encontrar comida. Además hacía frío, un frío horrible. Y también estaban los lobos.
Aquellas criaturas malignas siempre se habían mantenido alejadas, vigiladas por una gran hoguera. Pero con la caída de la noche perpetua, se habían vuelto más atrevidos, más feroces y más hambrientos. La asediaban a todas horas, obligándola a mantener un fuego encendido siempre cerca. Pero tenía la certeza de que no iba a durar mucho. Lo veía en los ojos de aquellas alimañas, en la forma que tenían de tumbarse cerca de ella y observarla, pacientes. Sin prisa, relamiéndose en silencio, como si supieran que finalmente iba a caer.
Vivianne Bell tenía miedo. Se sentía increíblemente sola y desesperada. Hacía tiempo que no se topaba con una población de amables granjeros que le dieran cobijo, comida caliente y una cama decente.
Con el paso de los días, sus ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad, aunque dejaron de serle útiles. Desarrolló una oída muy fina, un olfato exquisito y un sentido de supervivencia poderoso. Incluso sabía hacia donde debía dirigirse para encontrar comida.
Vivianne ya no era Vivianne. Había pasado a soñar en negro; el color de su nueva vida. Ya no experimentaba aventuras extraordinarias si no que se veía atormentada por los lobos, incluso cuando lograba conciliar el sueño. Lobos de formas variadas y horribles, con los colmillos grandes y horrorosos. La seguían, constantemente. No importaba adónde fuera, el momento o el lugar. Y con cada nuevo despertar se hacía menos humana. A medida que pasaban las horas, su instinto se iba agudizando, haciéndola más animal. Utilizaba, además, todo lo que aprendió durante los días de su anterior vida para sobrevivir. El olor de las plantas, sus propiedades, el lugar dónde encontrarlas. Los animales y sus respectivas debilidades, sus escondrijos para las crías y sus hábitos de reproducción.
Llegó a fabricar cuchillos de piedra, ropa con pieles y trampas de madera. Todo por sobrevivir. ¿Dónde estaba aquella antigua costumbre de todo por vivir? Había desaparecido junto con el sol.
Ya apenas racionalizaba sus pensamientos, había olvidado las palabras. ¿Para qué ocupar su mente con ellas? No le eran útiles en aquella nueva condición. Dejó de ser una chica encantadora de ojos brillantes, entusiastas y deseosa de aprender. Era solo una sombra de lo que fue. Y ni tan si quiera eso.
Los lobos continuaban siguiéndola. La fatiga hacia mella en ella. Su cansancio parecía directamente proporcional a la ferocidad de esas bestias. Estaban hambrientas. Pero no sentían hambre de cualquier presa; no iban a conformarse con la carne de cualquier conejo. La querían a ella. Querían su carne.
Se sentía derrotada por aquella nueva vida. No se sentía cómoda con ella. Podría decirse que no era vida. <<Despertar. Quiero despertar>>. Aquellas eran las pocas palabras que recordaba. Despertar, lobo, sol, pesadilla.
Y finalmente, el día llegó. Se rindió.
Apagó el fuego que mantenía alejadas a las bestias y lanzó sus armas lejos. Se acurrucó en el suelo, cubierta por las pieles que ella misma confeccionó. Cerró los ojos y sonrió. Iba a esperar a la muerte de aquella forma, soñando y sonriendo.
Pero cuando las fauces de los lobos se acercaron para devorarla, no sintió dolor. Fue una sensación extraña, como si sus dientes la liberasen de una horrible carga. Como si su piel fuese la peor de las prisiones. Se sintió libre, ligera, liviana. Y escapó. Escapó de aquella pesadilla sin fin y voló lejos. Allí donde el sol siempre brilla.

—Entonces, ¿está muerta?
—Me temo que sí.
—Pobrecita. Ha luchado tanto…
—Pero mírala; sonríe. Está tranquila.

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